martes, 28 de julio de 2009

Seis cuerdas

Atardecía. Acompañando al sol en el cielo sólo había unas cuantas nubes esporádicas. No tardaría en hacerse de noche, pero el calor no amainaba. No corría el viento y hacía demasiado calor para mí. Y seguro que para el resto de los mortales también. Pero, a pesar de eso, él estaba en el banco, como todas las noches.

Llevaba viéndole unas cuantas noches. Bajaba de su casa, se sentaba en el banco de la calle y se ponía a tocar la guitarra. Tenía una voz dulce y sus manos se movían con soltura sobre las cuerdas, arrancando del cuerpo de la guitarra los sonidos más agradables que yo hubiera escuchado jamás. Siempre había querido bajar y preguntarle quién era, si podía cantar con él. Pero la vergüenza siempre me podía.

Pero un día me atreví a bajar las escaleras. Me planté delante del guitarrista, que me miró con curiosidad.

- Hola- mascullé-. ¿P-puedo cantar contigo?

Él sonrió. A parte de una voz bonita, también tenía una sonrisa encantadora. Se sentó en un lateral del banco, dejándome espacio para sentarme a su lado. Tocó una canción y yo canté con él. Así una y otra vez. Pero una de las canciones, que empezaba con un punteo, yo no la reconocí.

- ¿Al fin te has decidido a bajar?

- ¿Perdón? -¿me había visto mirarle desde la ventana?

- Llevas desde que bajé aquí por primera vez observándome tocar la guitarra desde tu ventana. Parecía que querías bajar pero nunca te atrevías. Y hoy, por fin, lo has hecho.

No sabía qué decir. Cuando adquirí de nuevo todo el control sobre mi boca, sólo se me ocurrió preguntar:

- ¿Por qué bajas aquí a tocar? ¿No puedes tocar en tu casa?

- Mi mujer me lo prohíbe -sonrió amargamente. Quería a su mujer, estaba claro, pero también quería a su guitarra y a su música-. Un día me dijo que si quería tocar la guitarra debía hacerlo en la calle. Así que con las mismas cogí la guitarra y me senté en este banco a tocar. Al principio no me gustaba tocar aquí, pero cuando te descubrí en la ventana, todo adquirió sentido. Toqué para ti.

Sentí cómo me sonrojaba. Él, al parecer, lo vio y sonrió con dulzura. Aparté la mirada y la fijé en mis pies, con los que jugueteaba para no parecer demasiado estúpida e infantil.

- Sé que es un tanto brusco, pero creo que deberías saber que eres mi primera oyente -volvió a sonreír. Y no pude hacer otra cosa que sonreír también.

- Gracias.

- ¿Por?

- Por tocar para mí y por dejar que cante contigo esta noche.

Me levanté para irme. Ya era casi totalmente de noche y no quería acostarme tarde. Pero sentí cómo una mano me cogía de la muñeca e impedía que me fuera a mi casa.

- No te vayas todavía -iba a protestar, pero me di cuenta de que no me quería marchar de allí. Así que me volví a sentar en el banco y volví a cantar con él y para él. Esta vez él era mi público, sólo él, y yo era el suyo.

La gente nos miraba extrañada cuando pasaban a nuestro lado y cuando la noche fue tan profunda que cualquier tipo de sonido sobraba, él dejó la guitarra a un lado y se puso a observar las estrellas. Le imité. Y entonces sentí cómo su mano cogía mi mano.

Sabía perfectamente que aquello estaba mal. Y cuando le besé en mi portal seguía sabiendo que aquello estaba mal. Y cuando nos convertimos en amantes secretos supe más que nunca que aquello estaba mal. Pero no podía hacer nada. Porque también sabía desde el primer momento en que le vi tocar la guitarra frente a mi ventana que me había enamorado perdidamente de él.



Shurha

1 comentario:

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Quizá deberías haber bajado...
Saludos.