martes, 30 de junio de 2009

La señal de la cruz

La joven entró corriendo en la iglesia. Se paró ante el pasillo principal, agitada y con la respiración entrecortada. Miró hacia los lados y no vio a nadie. Se puso a caminar por el pasillo central de la iglesia, ahora más calmada e intentando recuperar la respiración perdida, hasta que llegó a la primera fila de bancos. Allí se arrodilló y miró el gran crucifijo que se alzaba antes ella. Entrelazó sus manos y se puso a rezar.

- Padre, por favor. Perdóname. He pecado con tus hombres, con uno de esos hombres que decidieron consagrar su vida a ti y a tus designios. He roto sus votos. Padre, perdona a esta pecadora que no sabía lo que hacía.

Sintió una mano sobre su hombro. No se sobresaltó, porque esperaba a algo parecido. Se persignó y miró hacia la persona que la había tocado. Ante ella había un hombre atractivo con penetrantes ojos azules. Al mirar a sus ojos recordó todo aquello por lo que había pedido perdón.

Ese amor estaba prohibido. Se habían conocido años atrás, cuando ella se había confirmado. Él era algunos años más mayor que ella y le faltaba poco para convertirse en sacerdote. Habían entablado una amistad, cada vez más profunda, hasta que ella sintió que se empezaba a enamorar de él. Sabía que no podía ser, que aquello era lo peor que le podía ocurrir: enamorarse de un futuro sacerdote, un hombre que había decidido consagrar su vida a Dios.

Él había profesado aún sabiendo que ella se había enamorado de él y él, tristemente, también de ella. Pero su determinación y su amor por el Señor era mayor que el amor que pudiera sentir por cualquier mujer.

A veces se veían, pero dolía demasiado. Un día, años después, se habían vuelto a ver y todo lo que los dos se habían guardado había saltado en un apasionado beso, ocultos en la sacristía. Ella se había sentido una pecadora y había salido corriendo de la iglesia, llorando por varios motivos. El Señor sabría perdonar a uno de sus hombres, pero no a ella. Al día siguiente, arrepentida, había vuelto a la iglesia a rezar y a pedir perdón. Ahora estaba mirando a aquel sacerdote que la había besado torpe y dulcemente.

- Tus pecados te son perdonados -dijo el sacerdote, en virtud de los poderes que el Señor le había concedido-. Puedes ir en paz.

Ella se volvió a hacer la señal de la cruz y se puso a andar lentamente hacia la sacristía. El sacerdote miró hacia la cruz y se persignó con lentitud. Clavó los ojos en los ojos entrecerrados de Cristo crucificado.

- Perdóname, padre, porque voy a pecar...

Después ando tras ella, esa mujer de la que se había enamorado hacía años. Él sería casto, no se permitiría a sí mismo romper sus votos, sólo se permitía un amor casto e inocente. Pero un simple beso no hacía mal a nadie. Confiaba que el Señor supiera perdonar esos besos inocentes.



Shurha

domingo, 28 de junio de 2009

No llores, porque te quiero

Sentada en las escaleras de la iglesia, sentía que el mundo entero se le venía encima. El cielo parecía romperse sobre ella y de un momento a otro caería sobre su cabeza, matándola. Realmente en ese momento no la importaba. Ya nada tenía sentido. Todo había perdido las razones cuando él había cerrado los ojos. Y las nubes... todo estaba cubierto por nubes grises que amenazaban una tormenta, la tormenta del final.

En el mismísimo momento en el que se encontró de frente con la realidad, sintió cómo sus ojos se llenaron de lágrimas. Hundió su rostro entre sus manos, aquellas que no habían hecho nada para evitar el desastre, y lloró desconsoladamente. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y sus antebrazos y caían sin control al suelo, estrellándose contra la piedra de las escaleras. Todas las personas que pasaban ante ella se quedaban mirándola con cara extrañada, pensando qué la pasaría como para que estuviera sentada a la puerta de una iglesia llorando. Todos se acercaban, pero nadie conseguía comprender su dolor.

Una oscura compaña salió por la puerta de la iglesia y bajó, solemne, la escalera. Algunos apretaron con cariño el hombro de la chica, pero la mayoría pasaron de largo, siguiendo su penoso camino hacia casa, pensando que sólo ellos sufrían de aquella manera (cuán equivocados estaban).

La gente dejó de bajar las escaleras y desapareció tan rápido como había aparecido. Y ella volvió a quedarse completamente sola, aunque cuando aquellas personas la apretaban el hombro tampoco se había sentido excesivamente acompañada. Levantó la cabeza y se secó unas últimas lágrimas rezagadas que querían seguir el camino de las demás y estrellarse contra el suelo. Estaba a punto de bajar un escalón, sin ganas, cuando oyó unos pasos a sus espaldas y notó unos brazos que la agarraban por la cintura. Después, un cuerpo que se pegaba al suyo por la espalda y la estrechaba con fuerza.

- No -dijo simplemente-. Todavía no.

Ella se giró y vio la cara conocida que quería haber visto en la compaña siniestra, pero que no había visto. Le vio allí, de pie, con los ojos enrojecidos como ella y con los surcos de las lágrimas todavía latentes es sus mejillas.

Él la abrazó y ella ocultó su rostro contra su pecho. Oyó el latido de su corazón desbocado por las emociones y se abrazó con más fuerza a su cintura. Él la acarició el pelo y susurró palabras tranquilizadoras a su oído. Poco a poco, ella se fue calmando, pero las lágrimas no dejaron ni un solo momento de manar de sus ojos.

Fue entonces cuando él separó su cara de su pecho y la miró a los ojos intensamente. Con un dedo firme, secó las lágrimas de la chica y sujetó su rostro entre las manos, tiernamente.

- No llores... -ella soltó algunas lágrimas más, que el besó con ternura-. No llores, porque yo te quiero.

Ella sonrió y no pudo evitar volver a llorar, pero no de tristeza. Le besó y se abrazó a él. Y en ese momento sintió que aquellas nubes a las que tanto miedo tenía si iban disipando poco a poco y que el sol empezaba a brillar tímidamente. Sabía que todavía quedaba mucho tiempo antes de que las nubes desaparecieran y de que el sol brillara con fuerza. Pero esperaría. Esperaría... a su lado.



Shurha

jueves, 25 de junio de 2009

Kilómetros

La chica se paseaba por el bordillo, impaciente. Jugaba a mantener el equilibrio para distraerse un poco. Pero aunque caminaba y se concentraba en no caerse hacia los lados, no servía para mucho. Estaba tan nerviosa que ni siquiera así podía dejar de pensar. Cuando se cansó de jugar, se sentó en el bordillo y miró el reloj.

- "Las once y cuarto -pensó-. Se retrasan."

No deberían retrasarse. Habían quedado a las once porque ellos habían previsto lo que iban a tardar en hacer la ruta. Y en esos casos, el hecho de un pequeño retraso hacía que la cabeza de la chica se dirigiera a un accidente y no hacia un atasco a la entrada de la ciudad. Apoyó su cara en las manos y resopló, mientras oía como Alberto se acercaba hacia ella por detrás y se sentaba a su lado.

- ¿Qué te pasa?

- Se retrasan -la chica miraba constantemente a un lado y a otro de la calle, por si veía acercarse ese tan deseado coche gris-. No deberían retrasarse.

- Tranquila, ya verás como están en un atasco.

La chica miró a su amigo con una ceja arqueada, como si no le creyera. En el fondo quería creer lo que Alberto le decía, pero su naturaleza era tan catastrofista que no se lo permitía. Aunque positiva, tendía al catastrofismo. Y por eso mismo a veces se condenaba. Porque siempre se acababa preocupando por cosas por las que no debería preocuparse, como de un simple retraso.

Y entonces, de repente, por la curva de la calle apareció aquel coche que llevaba quince minutos esperando. Cuando aparcaron y el conductor salió por la puerta, ella se dirigió a él y se abrazó a su cuello.

Por fin... por fin después de tanto tiempo deseándolo, después de tantos kilómetros recorridos con la imaginación, ahora podía abrazarle de verdad. Eso no era un sueño. Los sueños se habían acabado durante tres largos días en los que estaría a su lado. Después volvería a soñar, pero siempre con la esperanza de que le volvería a ver. Pero, ¿qué más daba el futuro? Ahora estaba abrazada a él y le acababa de besar.

Y eso era lo único que importaba. ¿Los kilómetros? Eso ya eran lo de menos.



Shurha

lunes, 22 de junio de 2009

Calla y bésame de una vez, estúpido

Él había ido a la habitación, con paso decidido y las mejillas encendidas de rabia. Ella se había quedado apoyada en el frigorífico de la cocina, con los brazos cruzados ante el pecho. Habían compartido en ese momento algo más que palabras hirientes. A él todavía le dolía la mejilla del bofetón que ella le había dado en respuesta al suyo. Y el hecho de haberla pegado le dolía más que la marca de los dedos de ella.

A ella también le dolía el hecho de haberle pegado. Pero estaba tan rabiosa que no había podido parar a pensarlo ni siquiera un segundo. Palabras inapropiadas, un momento inadecuado y ya había discusión. No era la primera vez que levantaban la voz, que gritaban más de lo debido, o que discutían. Pero nunca había pasado de una sencilla discusión. Siempre habían parado a tiempo y habían sabido arreglarlo con calma y voz suave. Pero esa vez había sido distinto y ninguno de los dos sabía en qué se diferenciaba con las demás veces. Tal vez el tema, algo más delicado. Tal vez el momento, no el más apropiado para tocar ese tema tan delicado. Tal vez los recuerdos, ahora más recientes todavía.

El hecho era que los dos habían vuelto a acabar enfadados, quizá por una tontería, pero enfadados. Y más distanciados que otras veces. Pero más que las palabras, son los silencios los que hieren. Y que lo único que oyeran fuera una puerta cerrarse con un portazo fue lo que más hirió, quizá. No unos pasos. No unos llantos ahogados. Ni siquiera un perdón susurrado, sin intención de que el otro lo oyera.

Fue ella la que, quizá más débil o quizá más decidida, dirigió sus pasos hasta donde él había construido su refugio. Abrió la puerta y le miró a los ojos. En ellos vio la disculpa más sincera que jamás había recibido. El corazón empezó a latirle fuerte y comprendió que, por mucho que discutieran, por muchas riñas que tuvieran, estaba enamorada de él, de sus cosas buenas y sus cosas malas, de su predisposición a llevar la contraria y a discutir, pero también de sus sonrisas, sus besos, sus detalles y sus disculpas. Estaba perdida, irrevocable y locamente enamorada de ese hombre que estaba ante sus ojos pidiendo una disculpa en silencio.

Él la miró con ternura y vio que en su boca se dibujaba aquella sonrisa que le había enamorado una vez en un oscuro bar. Esa mujer le volvía completamente loco, toda ella. Incluso cuando estaba enfadada o discutía, le volvía loco. Era una droga de la que cada vez estaba más enganchado, hasta el punto que se había enamorado. Y le dolía hacerla daño, pero más le dolía pensar que no la volvería a ver. Con lo que cada vez que él era lo suficientemente cobarde como para no ir y pedir disculpas, su corazón se partía pensando en la posibilidad de que ella se cansara de ser siempre la que daba el primer paso.

De los labios de él empezó a salir una disculpa, pero los labios de ella fueron más rápidos y dijeron en un susurro:

- Calla y bésame de una vez.

Cayeron sobre la cama, enredados en un pasional beso en el que ella se prometió no volver a discutir y él se prometió no volver a hacerla rabiar.

domingo, 21 de junio de 2009

Los pantalones sobre la silla

Muchas veces me he preguntado qué es lo que siento cuando hago el amor con hombres que ni siquiera conozco. Y nunca he encontrado la respuesta que buscaba. Quizá si un amago de respuesta, un vago recuerdo de aquella primera vez -tan dulce y tan torpe- que todos queremos mantener fresca en nuestros recuerdos. Pero nunca, nunca, encontré una respuesta clara.

Quizá mi oficio no me ha permitido sentir más allá de la obligación en la que me encontraba al salir a la calle y poner mi cuerpo al servicio de los viandantes sedientos. Pero creo que fue cuando dejé de sentir esa casi placentera obligación, me planteé dejarlo. Y lo dejé, pues si no me gustaba y podía decidir, ¿para qué seguir? Me enfundé aquellos pantalones que tanto hacía que no me ponía, me abroché los botones de la camisa más de lo que solía y calcé zapatos bajos, para pasar desapercibida. Pero mi determinación al andar y mi soltura al mirar me volvieron a ganar una partida que yo no quería perder.

Volví a acabar en la cama con un hombre que no conocía de nada. Tan sólo unas miradas, unas sonrisas y una copa en la barra de un bar elegido al azar.

-¿Te llamabas...?

-Amber, ¿y tú?

-Max.

Encantados de conocernos, un par de paseos y acabamos enredados entre sábanas traicioneras y besos que acabé odiando. Pensé que sería como los demás, que se marcharía al amanecer dejando sobre la mesilla de noche algo de dinero, el que pensaba que me merecía por lo que había hecho. Pero cuando me levanté, él no estaba pero sus pantalones seguían mal colgados de la silla de al lado de la ventana. O se había ido en calzoncillos o seguía en mi casa.

Y si, seguía en mi casa. En la cocina, para ser más exactos. Y si, estaba en calzoncillos. Con una sartén en la mano se giró y me miró a los ojos. Enarbolando una sonrisa encantadora, me dijo:

-Es que me parece que quiero pasar una temporada contigo...

Al no estar acostumbrada, al ver a ese hombre que no conocía de nada decirme que quería ser parte de mi vida durante una temporada me emocioné. Al principio aquello fue tan sólo sexo y risas, copas a la luz de las velas sentados en el sofá, una simple amistad con derecho a roce. Con él olvidé mi anterior ocupación y me busqué algo más "decente" a los ojos del gobierno. Pero todo hubiera ido mejor si lo nuestro no hubiera pasado de una amistad como la que teníamos. Las cosas se complicaron el día en que me dijo que se había enamorado de mí. Y se complicaron más aún cuando yo me di cuenta que me pasaba lo mismo.

Y entonces, cuando por fin hice el amor con alguien que no era un simple desconocido, descubrí la respuesta a la pregunta que tantas veces me había formulado a mí misma.

"No sé qué sentiría, pero esto desde luego no"



Shurha

martes, 16 de junio de 2009

Pasos en la oscuridad

La joven corría por las calles oscuras y desiertas de la ciudad, sin dejar de mirar hacia atrás. Hacía tiempo que los había perdido de vista, pero sabía que sus hombres eran muy hábiles y la podían estar siguiendo en la oscuridad. Así que no dejó de correr, buscando un lugar seguro que, seguramente, no encontraría. Aquella ciudad era una ratonera y ella lo sabía perfectamente. Pero lo que tenía claro era que no iba a quedarse mirando cómo aquellos hombres uniformados la cogían y la interrogaban brutalmente. Aunque fuera prácticamente imposible, ella intentaría escapar. Pensaba que al menos tenía una mínima posibilidad.

Se internó en un callejón que conocía muy bien. Era parte de su barrio y del atajo que cogía antes para llegar a su casa. Ahora podía ser peligroso, pero tenía la esperanza de que ellos no lo tuvieran como una trampa para rebeldes. Llegaba por la mitad del callejón, confiando en su memoria (ya que no veía nada, aunque el callejón gozaba de algo de luz procedente de una farola de una calle cercana)cuando se chocó con un obstáculo que, juraba, el día anterior no estaba ahí. Retrocedió, aturdida, e intentó ver qué era con lo que se había chocado. La figura salió de la oscuridad y, antes de enseñar la cara, la joven pudo ver un uniforme de soldado que temía y conocía muy bien.

Intentó escapar, pero unos fuertes brazos la agarraron antes. Pensó que estaba atrapada, que ese era su final. Todo lo que había hecho, todo lo que había huido y luchado no había servido para nada. Bueno, no. Para algo habría servido. Entonces escuchó una voz conocida, una voz que le había susurrado al oído para que nadie, salvo ella, escuchara lo que tenía que decirle.

- Espera, Karen, espera -los ojos de la joven casi se salen de sus órbitas cuando escuchó la voz susurrar esa súplica. Se giró como pudo y miró a esos ojos que tanto había mirado en la clandestinidad. Delante de ella estaba Robert, un oficial del ejército enemigo, pero él no era ni mucho menos eso. Ni siquiera sabía cómo, se le había encontrado una vez en un pub. Habían estado hablando y algo había surgido entre ellos. Ninguno de los dos sabía en un principio quién era el otro ni les importaba; para lo que querían, eso era lo de menos. Pero la cosa se les fue yendo de las manos y llegaron hasta una situación en la que los dos habían caído profundamente enamorados del otro. Fue entonces cuando ella descubrió que él era un alto cargo del ejército y él descubrió que ella era un importante pilar de la resistencia. Pero a ninguno de los dos les importó y decidieron seguir con lo que fuera que tenían en secreto.

- Robert, me has dado un susto de muerte -dijo Karen, abrazando al oficial.

- Lo siento, mi pequeña, pero he venido a advertirte.

Karen se separó de Robert. Le miró preocupada. ¿Advertirla? ¿De qué quería advertirla? No habló. Esperó a que el oficial dijera por sí mismo aquello que tenía que decirla. Ella esperaría pacientemente y después actuaría; estaba acostumbrada.

- Mis superiores sospechan de mí... y sospechan de ti. Si fuera únicamente de mí sólo te lo diría y te diría que no te preocuparas demasiado, que ya me encargaría yo de solucionar las cosas. Pero en esto también estás implicada tú y eso es lo que no quiero. He intentando hacer que todo se dejara un poco de lado con mi influencia, pero no he podido. Están convencidos de que hay algo que no conocen y eso les molesta.

- ¿Y qué quieres que haga? -dijo Karen, creyendo que era el mejor momento para intervenir.

- Sal del país, ve a un lugar en el que estés segura y espera. Yo iré contigo cuando todo se haya calmado y nos marcharemos lejos, muy lejos, los dos juntos.

Confiaba en él plenamente, pero ¿cómo saber que no mentía? ¿Cómo saber que a la salida del país no iban a estar esperándola unos soldados con instrucciones expresas de cogerla? ¿Cómo saber que Robert no la estaba conduciendo a una trama premeditada? Y, además ¿cómo podría saber él dónde se refugiaría Karen?

- Quiero confiar en ti, pero estos últimos años he aprendido en no confiar en nadie.

- Haces bien en no confiar en mí. Haces bien en no confiar en nadie. Pero creo que, en estos casos, puedes confiar en que quiero lo mejor para ti y, también, para mí.

Karen se quedó en silencio. Seguramente Robert tenía razón. Debería salir del país cuanto antes y refugiarse en algún lugar seguro. El hecho de esperarle o no, eso lo diría el tiempo; si pasaba mucho tiempo y se cansaba, decidiría no esperarle. Suspiró profundamente y le miró a los ojos de nuevo, sabiendo que aquella podía ser la última vez que vería aquellos profundos pozos negros.

- Prométeme que vendrás a por mí. Prométemelo y entonces me marcharé del país, por nuestra seguridad y nuestro futuro. Por mucho que me duela dejarte atrás.

- Te lo prometo -Robert se inclinó hacia ella y le dejó un beso en la comisura de la boca-. Ahora vete, corre hacia un lugar seguro. Márchate cuanto antes, Karen. Y espérame allá dónde estés.

Karen le volvió a mirar a los ojos y después hecho a correr por el callejón hacia su refugio provisional. No miró atrás. No quería mirar hacia el lugar donde se hallaba Robert, porque sabía que si lo hacía no tendría fuerzas para seguir adelante; la certeza de que le estaba abandonando sería más fuerte si le veía esperando a que ella desapareciera por entre las sombras y las callejuelas. Además, tampoco quería que Robert viera el reflejo de las lágrimas que corrían, más rápidas que ella, por sus rosadas mejillas.



Shurha

viernes, 12 de junio de 2009

Querido...

Querido Pablo:

Esto me va a resultar mucho más difícil de lo que yo hubiera podido prever. Sé que me puedes considerar una cobarde por estar diciendo esto en una carta y no cara a cara, donde podría ver tu reacción, tus ojos, tu boca. Pero supongo que tienes razón si me llamas cobarde, porque realmente creo que lo soy. No me he atrevido antes a decirte lo que te voy a decir por miedo, un miedo irracional que me llevaba a llorar en silencio y a soportar todo aquello que no me gustaba sin pronunciar una sola palabra. Pero ahora... ahora todo ha cambiado. No sé (ni quiero saberlo) qué me ha llevado a abrir por fin el corazón y confesarte todo.

¿Recuerdas cuando nos besamos por primera vez? Los dos coincidimos en que habíamos sentido algo en nuestro interior, como una especie de peligrosa llama que empezaba a quemar nuestro corazón. Los dos también coincidimos en dejar que esa llama quemara del todo nuestro corazón, nuestra alma e inhabilitara nuestra mente. Era arriesgado, lo sabíamos, pero ante nosotros estaba esa oportunidad preciosa de abandonar nuestras monótonas vidas y embarcarnos en esa aventura que tanto tiempo habíamos deseado. El tiempo se encargaría de hacer perdurar la llama que, poco a poco, crecía en nuestros corazones.

Y desde entonces ya han pasado tres largos años. La aventura continua, de eso estoy completamente segura cada día que me despierto a tu lado y te veo dormir plácidamente. Pero creo que para mí ya se ha hecho muy tarde. Yo nunca fui aficionada a los viajes a largo plazo y creo que mi tiempo aquí se ha acabado. Me duele, pero creo que todo tiene su fin y el mío ha llegado en este momento. Todos los libros tienen una última página, ¿no? La mía es esta carta.

Odio hacerlo de esta manera. Me gustaría poder haber visto tus ojos, esos ojos que tanto amé, cuando hubieses leído estas líneas. Pero me temo que no soy lo suficientemente valiente de momento como para enfrentarme a mis miedo. A veces me pregunto cuando será el momento de enmendar todos los errores que cometí, cometo y cometeré. Todavía no lo sé. Pero creo que cuando ese momento llegué, volveré a donde estás tú y te pediré perdón por todo lo que te estoy haciendo en estos momentos. Ojalá no fuera tan cobarde. Si no lo fuera, estoy segura de que nuestra historia podría haber continuado o que, de no haber continuado, no estaría diciéndolo en una fría e insensible carta. Al fin y al cabo, los papeles no pueden transmitir los sentimientos tal y como el escritor lo siente. Un papel no puede enseñarte las lágrimas que podría estar derramando ahora mismo, o la desesperación que podría estar pagando con mi bolígrafo.

Siento ser así, pero supongo que me amaste como soy y yo te he amado todo lo que mi tiempo me ha permitido. Y si algún día volvemos a encontrarnos, te permitiré que no me hables; no te guardaré ningún rencor si no me diriges la palabra. Lo veré como lo más normal del mundo. Si así lo deseas, volveremos a ser esos desconocidos en cuyos corazones nunca despertó esa llama que tanto duele.

Supongo que este es un buen momento para decir adiós.

Con cariño.
Paula




Shurha

martes, 9 de junio de 2009

El Sol y la luna

Ese día, la luna había aparecido pronto en el cielo. Todavía era de día cuando se pudo ver su silueta blanca y redonda recortada sobre la inmensidad azul del cielo. Y entonces fue cuando vio al Sol. Era grande, brillante y se podía considerar la envidia de cualquier astro. Desde ese momento, la luna se enamoró del Sol. Pero también desde ese momento supo que no tenía nada que hacer, que su amor era imposible. Esa tarde corrió por el cielo intentando alcanzar al Sol, pero él corría también. Parecía que huía de ella.

Triste, la luna empezó a hacerse cada vez más pequeña. El Sol la veía, empequeñecerse poco a poco, consumiéndose a ella misma. Él sabía porqué era, que era por su culpa, porque la luna se había enamorado de él. ¿Y qué podía hacer él? Él también estaba enamorado de la luna desde la primera vez que la vio aparecer por el horizonte, tan blanca, pura, y brillante.

La luna, poco a poco, menguó hasta que desapareció. Esa noche fue a ver a los Dioses en su hogar, para ver si la podían dar alguna solución. Estaba cansada de perseguir al Sol por el cielo y no poder alcanzarle. Y allí, en la casa de los Dioses, se encontró con el Sol, que esa noche había decidido ir a hablar con ellos porque quería ver a la luna.

-Queridos hijos -dijeron los Dioses-. No podemos hacer que os alcancéis en el cielo -la luna empezó a llorar-. Pero si podemos hacer que una noche al mes podáis estar juntos.

-Oh, Dioses, ¿cómo es posible? -clamó el Sol-. Por favor, decidnos la manera de poder estar juntos, aunque sea solo una noche...

-Prestad atención... Cada veintiocho días, la luna se oculta a la humanidad y no sale. Esa noche, hasta que tú, Sol, tengas que salir a alumbrar a los seres humanos, será vuestra, empezando por hoy.

Desde entonces, cuando la luna se oculta una vez al mes, se junta con el Sol, pudiendo así realizar los deseos que llevan todo un mes queriendo realizar. Y, quién diga que los que son diferentes nunca se pueden unir, miente. Si no... ¿por qué la luna y el Sol han podido hacer su amor verdad? No les creáis... Nunca ha habido un amor imposible y no lo habrá.

sábado, 6 de junio de 2009

Muñeca de trapo

¿Le amaba? Si, le amaba, por muy cabrón que pudiera ser a veces. Por muy frío e insoportable que pudiera estar cuando volvía del trabajo. Si había estado quince años con él era porque le quería, aunque a veces las dudas afloran. Eso no lo puedes evitar. ¿Si era feliz? Se podría considerar que si. A veces me hacía llorar, pero no era su culpa, si no la mía. ¿Por qué era mi culpa? Realmente no lo sabía, pero sabía que suya no era.

Pero hubo una vez, tan sólo una vez, que me di cuenta de que realmente no era feliz. Cuán ciega había estado todo ese tiempo. ¿Le amaba? Si, le había amado. Pero cuando descubrí la mentira, el encubrimiento, el engaño... mi cerebro comenzó a funcionar y mi corazón empezó a latir, por fin, después de tanto tiempo insensible y parado en otra época mejor, en otros recuerdos que no fueran agridulces, en todas las promesas que me hizo en la playa, bajo la luna llena. Había estado tan ciega que no me había dado cuenta de que yo era simplemente su muñeca de trapo. Esa muñeca con la que podía jugar cuando quisiera. Y, cuando se aburría, me dejaba tirada y desconsolada.

Mientras, había otras muñecas. Pero no de trapo, sino de porcelana. Y yo, triste, enjugaba mis lágrimas en mi ajado vestido. Estaba ciega. Las ilusiones me habían cegado pero, ahora que se habían roto, ya podía ver. Y fui todo lo valiente que no había sido antes. Me había ido, había desaparecido de la escena y no volvería a actuar.

Me di cuenta, mientras vagaba por las calles en busca del consuelo de alguna amiga olvidada por obligación, que yo no necesitaba alguien con quién jugar. Podía jugar conmigo misma, si es que era verdad que fuera una muñeca de trapo. Lo que, me di cuenta más tarde, era falso. No era una muñeca de trapo y nunca lo había sido. Él me lo había hecho creer. Yo era una mujer. Fuerte (aunque ni yo misma lo hubiese creído) y que podía valerse por si misma. Hubo un tiempo en el que dependía de él para ser feliz. Hubo un tiempo en el que sin él me sentía vacía. Ahora sabía que no dependía de él. Y no volvería a depender de nadie, y menos de un hombre como él, que quiso hacerme creer que era una muñeca de trapo cuando no lo era.

El que tuvo la culpa y el que se equivocó fue él. Nada más que él.

viernes, 5 de junio de 2009

Aviso: El amor perjudica gravemente la salud

Lupe, 25 años. Novios en su vida: dos. Novio actual: no.
Sergio, 27 años. Novias en su vida: una. Novia actual: no.

Es curioso... Dos personas que ni se conocen, que ni siquiera han oído hablar de la otra persona, que no tienen nada en común pueden llegar a entablar una relación extrañamente entrañable. Y extrañamente larga y resistente. Juraron que ni una tempestad podría romper todo lo que ellos habían construido. Y han cumplido su juramento. Pero no quiero relatar los hechos posteriores a que se conocieran, si no los momentos en los que se conocieron y sus miradas se encontraron por primera vez. La situación es la siguiente:

Ocho de la mañana. Lupe sube al autobús que la llevará directa al trabajo, pero llega tarde. El autobús se ha retrasado y ella con él, con lo que el jefe la reñirá por haber llegado tarde. Mientras se lamenta en su cabeza, pero se convence de que ella no tiene la culpa, se dirige hacia la parte trasera del autobús. Ve un asiento libre y se sienta. Enfrente de ella se sienta un guapo moreno que la mira y la sonríe de vez en cuando. Es Sergio, que acaba de encontrar un trabajo en el centro y hoy es su primer día. Está nervioso. Pero no sabe si su corazón late más fuerte por ser su primer día o por haber visto a esa chica tan atractiva que se ha sentado enfrente de él.

Al parar el autobús, Lupe sale corriendo como puede sobre sus tacones, sin percatarse de que Sergio la sigue por las calles. Entran en el mismo portal, pero a tiempos distintos. Suben en el mismo ascensor, al mismo piso, pero a tiempos distintos. Entran en la misma oficina. Lupe se disculpa por haber llegado tarde y dice que ha sido el autobús. Sergio simplemente pregunta por el jefe y dice que es su primer día de trabajo. Lupe se soprende al verle. Sergio tres cuartos de lo mismo.

El tiempo pasa y Lupe y Sergio se van conociendo. A veces salen de fiesta y pasan un rato juntos. Poco a poco, no solo hay amistad entre los dos. Surge el roce, el cariño, la pasión, la locura y, finalmente... el amor. Lupe y Sergio deciden irse a vivir juntos. Enloquecen. Y, cuando ya por fin se dan cuenta de que están perdidamente enamorados el uno del otro, también se dan cuenta de que eso que sienten les ha echado a perder la vida y la salud.

Porque, si, señores, el amor perjudica gravemente la salud. Pero cuán gustosos queremos sentir el amor...

miércoles, 3 de junio de 2009

Después de tanto tiempo...

En ese mismo momento, al bajar del tren, supe que mi vida iba a cambiar para siempre. Quizá fue un tonto presentimiento, quizá esa tan conocida "intuición femenina", pero lo cierto es que lo supe. No sé porqué, pero eso no tiene mayor importancia.

Salí de la estación esperando encontrarme allí a algún miembro de mi familia, quizá mi hermano o a mis padres. A muy mal andar, mi tío. Pero apoyado en un viejo coche negro estaba ese hombre que, cuando yo me fui de la ciudad a trabajar, decidió dejarme para que la distancia, tan acusada, no nos dañara a ninguno de los dos. Me sorprendí al ver su pelo rubio, pero en un momento de serenidad, pensé que no había venido a buscarme a mí, no podía ser.

Aún así me decidí a acercarme a él con una sonrisa amable.

-¡Cuánto tiempo!

-Desde que te fuiste -el recuerdo de la última vez que le vi me rompió el corazón de nuevo. Era como si le viera otra vez correr tras el tren con las lágrimas en los ojos.

-¿Qué has venido a hacer aquí? Ha sido una sorpresa que la primera cara conocida que he visto haya sido la tuya.

-Esa era la intención. He venido a buscarte a ti.

No pude decir nada ante eso. Me sorprendí, para qué mentir. ¿Después de tanto tiempo sin hablar, sin estar en contacto, sin ni siquiera un correo electrónico por cumplir, había decidido venir a buscarme a la estación de tren cuando esperaba a mi hermano o a mis padres? Era realmente extraño. Pero con cierto toque enternecedor.

-¿Por qué? ¿Por qué después de tanto tiempo?

-Que yo sepa no cortamos porque nos dejáramos de amar, sino para que la distancia (tú en el Cairo, yo aquí en Madrid) no nos dañara. Pera ahora que estás tú aquí también...

-Pero han pasado dos años...

-Si, ¿y qué?

-Pues que... ¡que es mucho tiempo!

Puso un dedo en mis labios para que no hablara más y no estropeara el reencuentro después de tanto tiempo. Pronto sus labios ocuparon el lugar de su mano y, en ese momento, en el mismísimo momento en que su boca rozaba la mía supe que el presentimiento de que mi vida iba a cambiar para siempre era cierto.

Porque el tiempo cura heridas, pero de lo que yo sufría no era de una herida... si no de amor.



Shurha

lunes, 1 de junio de 2009

La sangre corre hacia el río

Allí, tendida como estaba sobre la hierba, dejaba que mis últimas respiraciones escaparan a marchas forzadas de mi maltrecho cuerpo. La sangre huía de mi cuerpo como un reguero de color granate que corría hacia su fin, el río. Me apretaba como podía la herida, pero mis fuerzas se iban poco a poco con cada respiración. Y me iba sintiendo más débil cada vez, los ojos se me cerraban más a menudo y yo no podía escapar de ese sueño que parecía querer dormirme.

Pero antes quería verte llegar. Quería ver tus ojos una vez más antes de que la herida de mi abdomen acabara con mi vida. Y todo apuntaba a que mis ojos se cerrarían para siempre no tardando. Pero no... no podía morir antes de que llegaras a mi lado y me sostuvieras entre tus brazos, rogando a Dios que no me llevara, intentando por todos los medios que mi vida no se escapara tan fácilmente.

Pronto te vi correr hacia mí. Traías la respiración entrecortada, el corazón desbocado y lágrimas en los ojos, porque desde lejos habías visto que yo estaba tendida en el suelo a punto de morir. No sin esfuerzo, sonreí y te miré a los ojos. Te tiraste a mi lado y apoyaste mi cabeza en tu regazo intentando no hacerme demasiado daño; pero fue imposible, porque cualquier movimiento me dolería y agravaría la hemorragia, tal como ocurrió. Con una mano intentabas tapar la herida, haciendo presión, mientras con la otra me acariciabas la cara. Pero ya era demasiado tarde. Mucha sangre había corrido hacia el río y ahora teñía sus claras aguas con un ligero tono malva. Quizá demasiada sangre.

Llorabas. Y yo no quería que llorases. Así que con un susurro en la voz, dije:

- No llores -mi voz hizo aumentar las lágrimas-. No llores, porque no quiero verte triste. Sabes que siempre odié verte llorar... -me agotaba hablar, pero las últimas palabras te las quería decir a ti, únicamente a ti-. Así que ya sabes. Desde donde quiera que vaya ahora no quiero verte llorar -sonreí, aunque más bien fue una mueca de dolor que una sonrisa-. Te quiero...

Y con tu nombre a punto de salir en mis labios, exhalé mi último aliento y dejé caer mi cabeza sobre tus manos. Derramaste ríos por mí, secaste todas las lágrimas que poseías. No me hiciste caso y lloraste, aunque yo no quería verte llorar.

Pero, aún muerta, te sigo queriendo. Pero, aunque no me hicieras caso, te sigo queriendo.