domingo, 13 de marzo de 2011

16. Rojo oscuro

El bar estaba oscuro y olía a cerveza mala. Un verdadero antro de periferia con su grupo en el fondo jugando a los dardos y armando barullo. Connor les miró desde la barra, donde estaba apeado, con su whisky entre las manos, sintiendo verdadera aversión por ellos; suficiente era su resaca ya como para que cuatro tocapelotas como ellos vinieran a gritar prácticamente en se oreja.

Y es que aunque en el fondo su cabeza se había opuesto a dejar el silencio refugio que era su apartamento, había estado a punto de obligarle a meterse a la cama e intentar dormir bajo el efecto de tres o cuatro pastillas para dormir, la parte poco racional y totalmente insensata de Connor había preferido bajar al bar y recuperar el tiempo perdido la noche anterior. Se lo debía a sí mismo y no podía permitirse perder la ocasión.

A sus espaldas se abrió la puerta y Connor pudo notar una ligera brisa recorrerle la zona de las lumbares, surcándole la camisa. Giró la cabeza levemente y alcanzó a adivinar entre la tenue luz del bar y la humareda que flotaba en el ambiente a una chica de cabellera roja, larga y ondulada dirigirse hacia la barra con el aire despreocupado y decidido de quien sabe que la mayoría de las miradas masculinas del local están puestas en ella. Y como algo más de tres cuartas partes del local eran hombres, tenía un gran éxito. Y era consciente de ello. Hasta el camarero le dedicó una mirada lujuriosa cuando la chica se acercó a la barra y se sentó en una de las desvencijadas banquetas.

-¿Qué te pongo, cielo?

-Un Manhattan –dijo, con voz melodiosa.

Connor se abstuvo de dirigirle ninguna mirada mientras estaba cerca de él, pero pudo ver por el rabillo del ojo como ella le miraba sin ningún disimulo. Aquello le rompía todos los esquemas, y más cuando la chica dibujó una sonrisa y me mordió ligeramente el labio inferior.

El camarero le dio la copa y ella la cogió y se bajó de la banqueta para acercarse a Connor. Se sentó junto a él y en un principio no dijo ni una sola palabra, pero después de un par de minutos en los que sólo se oía al grupo del fondo vocear, la chica dijo:

-Estás solo –mal comienzo.

-Tú también –peor, si cabía.

-Vaya… hoy no parece que estemos de humor, ¿eh?

Connor la miró durante un momento y luego giró la cabeza, dirigiendo la mirada al frente de nuevo. Se produjo otro silencio de otro par de minutos, tras el cual volvió a ser ella la que habló.

-Me llamo Sandra, pero puedes llamarme Rouge.

Connor volvió a mirarla y se contuvo la risa.

-¿Qué pasa, eres puta?

Rouge, o Sandra, o como quisiera llamarse, se quedó completamente lívida, aún debajo del maquillaje.

-¿Pero qué pasa contigo, tío borde? ¿De dónde sacas eso de que soy puta?

-Rouge es nombre de puta –conocía por Kim que en el burdel había una chica que se hacía llamar Rouge. Era francesa y su verdadero nombre era Adele…

-Viene de mi pelo, que te quede claro. Yo sólo soy una dependienta… -le miró, después de dar un trago a su bebida-. ¿Y tú cómo se supone que te llamas? ¿O sólo eres un tipo borde que no prefiere decir su nombre?

-Connor.

-Y dime… Connor. ¿Es esa tu manera de ligar?

Se regaló unos segundos eternos para pensarse la respuesta, aunque la sabía de sobra. Cogió el vaso y se lo llevó a los labios con parsimonia, para degustar un breve trago de whisky; podía sentir la mirada ávida y curiosa de Rouge puesta enteramente en él. Dejó el vaso y la miró, directamente a los ojos, de un marrón tan profundo que parecía chocolate puro.

-No lo sé –murmuró-. Dímelo tú.

1 comentario:

barby pili dijo...

=O flipante! te sigo, y no pares de escribir!