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jueves, 20 de mayo de 2010

Héroe (o sobre los encuentros a las nueve de la mañana)

[Para Diana]




Durante unos segundos, dejé la lectura a un lado para mirar la hora en el reloj. Las nueve menos veinte; todavía faltaban veinte minutos para que empezara la clase. A veces, aún estando a punto de terminar el curso, me preguntaba por qué demonios iba a la facultad tan pronto. Y siempre me respondía de la misma manera: porque sólo podía ir a esa hora.

Suspiré y miré a mi alrededor, masajeándome el cuello entumecido por la misma postura. La sala estaba completamente vacía, a excepción de mí. Por un momento, me pareció ser la única estúpida de toda la facultad a la que se lo ocurría ir a esas horas a aquel sitio... Los demás, todos, tenían cosas mejores que hacer.

Pero, en el fondo, tenía que admitir que aquello me gustaba. Sonreí y volví a enfrascarme en la lectura.

De repente, oí un sonido ahogado. Como una melodía. Como las cuerdas de una guitarra siendo pulsadas por unos dedos hábiles y precisos en una habitación cercana. Levanté la cabeza, como si eso me fuera a ayudar a saber qué canción sonaba. Pero no lo hizo, y la melodía seguía sonando y sonando...

Me levanté de la silla, sin saber muy bien qué hacía o por qué, y guardé el libro en la bandolera, que después me eché al hombro. Ni siquiera arrimé la silla a la mesa, para no dejar de oír aquella melodía que me atraía y me repelía a la vez. Empecé a andar hacia la salida y, guiada por la música, acabé delante de la puerta de la que parecía salir. Llamé tímidamente con los nudillos y entré inmediatamente, no fuera a arrepentirme antes de que me abriera.

Y allí, sentado sobre una mesa, con los pies sobre la silla y una guitarra en el regazo, había un chico que me miraba sorprendido.

- L-lo siento -dijo-. No pretendía molestarte... Mejor dejo de tocar.

- No, tranquilo -enarbolé una de mis más cálidas sonrisas e hice un gesto con la mano, restándole importancia-. Si no me molestabas... es más, me gusta cómo tocas.

Su mirada era de fuego y yo sentía que me derretía cuando clavaba sus ojos en mí. Creo que hasta me sonrojé cuando me sonrió con una sonrisa de niño travieso y se rascó la nuca.

- Gracias... -comentó, algo azorado. Comprendí que se sentía un poco incómodo.

- ¿Qué tocabas? -dije, dando un par de pasos al frente y acomodando la bandolera sobre mi hombro.

- Héroe... -negué con la cabeza mientras me sentaba en una mesa, a una distancia prudencial de él, para que no se sintiera incómodo. Tocó un acorde-. ¿Quieres que la vuelva a tocar?

Sonreí.

- Me encantaría...

Empezó a tocarla, y esta vez se acompañó a sí mismo con su voz. Cantaba bajito, como con timidez, como si fuera un simple susurro... Como si aquello fuera una especie de ritual íntimo, personal e intransferible... Sólo suyo y mío. La sola idea de pensarlo me hizo sonrojarme y creo que él lo advirtió, por su sonrisa traviesa.

Cuando terminó de tocar me abstuve de aplaudir, tan solo sonreí. Nos quedamos mirándonos unos segundos en silencio, antes de que yo me acordara de la hora que era y mirara el reloj, alarmada. Las nueve menos cinco. Hora de irse... lamentablemente.

Bajé de la mesa de un salto.

- Lo siento, tengo clase... -él pareció triste.

- Que te vaya bien -dijo, y sonrió amargamente.

Anduve hacia la puerta y, antes de salir por completo de la sala, me giré hacia él y le miré directamente a los ojos.

- Nos vemos otro día...

Y salí corriendo, aunque realmente no quería, hacia mi clase de las nueve, dos pisos más abajo.

martes, 2 de febrero de 2010

Una tarde de finales de Julio.

Conocí a Eric una tarde de finales de Julio en la fiesta de una amiga. Litros de alcohol y mucha imaginación revoloteando por una sala demasiado pequeña para los dos. No sabría decir exactamente qué sentir cuando le vi sonreírme por primera vez, pero puedo decir que quise que nunca se borrara de mi mente.

Poco a poco nos fuimos conociendo mejor. La imaginación era su mejor baza. Y la rutina que no era tal también. Era un artista, un bohemio, un noctámbulo, un mago. La vida junto a él ese verano me pareció tan maravillosamente cotidiana y absurda que me encantó. Quizá en él no buscase emociones fuertes, quizá no buscase cambios. Quizá no buscase nada en especial. Y creo que no buscar nada en especial fue lo que me hizo sorprenderme a cada día.

¿Sorprenderme? ¿De qué? De que me llevara al cine. De que echáramos una cabezada a la orilla del río mientras el sol se ocultaba. De que me cantara canciones desconocidas para mí. De que me sonriera con esa naturalidad que parecía olvidada. De que mis días parecieran cotidianos y, a la vez, coloreados con la diferencia que marcaba un día a su lado. De que todo fuera tan absurdo que cobraba sentido con una facilidad pasmosa.

A su lado aprendí que, por muy cotidiana que sea la vida, todo tiene su punto de color. Su punto diferente. Aprendí que la vida son dos días y que en cualquier momento tu corazón puede dejar de latir, aunque no sé en qué momento aprendí eso si fue cuando me miró por primera vez o cuando desapareció de mi lado.

Porque también aprendí con él que las oportunidades pasan una vez en la vida. Que la oportunidad de tener cierta rutina absurda en tu vida al lado de una persona como él sólo pasa una vez. Y, una vez pierdes el tren, no va a volver. Al igual que Eric.

Después de aquello, de sorprenderme, de enseñarme, de quererle... Desapareció. Y maldita yo que no supe aprovechar la oportunidad.

martes, 19 de enero de 2010

Asesino

No conozco mi nombre. Ni siquiera sé si alguna vez tuve nombre. De mi vida pasada sólo recuerdo la nieve, esa nieve fría y blanca que me rodeaba y agarrotaba mi cuerpo. Lo siguiente fue la calidez de una cama y la luz de una pequeña lámpara.

Lo único que sé de mi mismo es que me educaron para ser una máquina de matar. Me pusieron un revólver en la mano, me enseñaron cómo usarlo y me sacaron a la calle, donde tendría que poner a prueba mi frialdad como asesino y mi apatía como humano.

En las calles sólo había suciedad, pobreza y escombros, restos de aquella maldita guerra de la que yo había sido partícipe. El tono gris de los edificios era el mismo del cielo, que parecía que se resquebrajaría sobre nosotros de un momento a otro, igual que las casas que me rodeaban.

Mi tarea: buscar supervivientes, hacer que confesaran y, si no lo hacían, matarles. Si confesaban, también les tendría que matar.

No sentía nada cuando veía la sangre caer de la herida de bala que mi revólver había causado en sus cuerpos indefensos, ni cuando su cuerpo caía muerto al suelo, la poca vida que les quedaba arrancada de cuajo.

Generalmente, las pocas confesiones que conseguía no servían para nada. La mayoría decía que habían tenido escondidos en sus casas refugiados revolucionarios antes de la guerra, o que habían robado a los soldados. Eso no me importaba lo más mínimo. Buscaba traidores. Estaba entrenado para encontrarlos y era mi único objetivo. Quería una confesión que me revelara que esa persona había fallado a lo que a mí me enseñaron a llamar “mi Bandera”.

Los traidores a mi bandera eran aquellos que se habían revelado en contra del gobierno. Me contaron que en la ciudad en la que estaba había habido un reducto de revolucionarios. Pero, antes de que yo llegara, habían arrasado la ciudad y sólo quedaban algunos que se habían refugiado bajo tierra. Y si entre ellos quedaban todavía revolucionarios, acabarían en mis manos y en las de quienes me enviaban.

Pero si había, se escondían muy bien. Bastante bien. En los dos meses que llevaba rastreando las calles sólo había encontrado a dos revolucionarios. Y creía haber matado a toda la población. No podían quedar muchos.

Al menos, no que yo hubiera visto. Aunque estaba convencido de que sólo yo caminaba por esas calles, los protectores de “mi Bandera” me obligaban a seguir buscando, interrogando y disparando. Un día tras otro, un día tras otro.

Había perdido la cuenta de las balas que había disparado, las vidas que había robado, las almas que había destrozado, las gotas de sangre que habían derramado las heridas que yo había causado.



Era diferente. Era diferente y lo sabía. Y además era también consciente de que esa acusada diferencia sería la causa de mi muerte. Me perseguían por ello y no tardarían en encontrarme, porque a sus rastreadores sólo les quedaba una parte de la ciudad por mirar: el distrito en el que yo me encontraba.

Estaba escondida en un garaje subterráneo medio derruido y calcinado. Los escombros y las cenizas eran mi único lecho, y los coches quemados eran mi única compañía. Pero no podía quejarme; estar muerta sería peor.

Tenían razones para buscarme. Y no sólo el hecho de que fuera diferente, si no también el hecho de que, por esa diferencia me había revelado contra la bandera, el símbolo de poder y gobierno de aquel país en guerra.

Guerra que habíamos provocado yo y otros como yo, que no estábamos aceptados, sencillamente, por ser diferentes.

Sabía que tarde o temprano oiría unos pasos en el garaje, sabía que no tardarían mucho en llegar a mi escondite, a mi improvisado hogar subterráneo. Lo único que podía hacer era esperar y pedir al cielo, si era cierto que había todavía algo allá arriba, que vinieran cuanto antes. Ya me había cansado de aquel lugar frío, húmedo y solitario.

Aun así, lo peor de todo ya había pasado. Aquel garaje se había convertido en mi refugio meses antes de que la guerra terminara y los rastreadores empezaran a buscar a los supervivientes.

Y antes no estaba sola. Mis compañeros habían ido cayendo uno a uno, poco a poco.
Recuerdo que desde nuestra posición se oían los pasos en la calle, los gritos de las madres angustiadas y los niños aterrorizados que buscaban un lugar seguro, un lugar donde refugiarse de las bombas y los disparos. Generalmente no lo encontraban y morían bajo el fuego de metralla con un grito todavía en la garganta. Y nosotros lo oíamos todo. Cada vez que sucedía eso o algo parecido, alguien derramaba una lágrima en silencio.

Algunos de mis compañeros, los que no habían tenido la fuerza necesaria para aguantar los constantes asesinatos que oíamos cometer, saltaban a la calle con los brazos en cruz, gritando que eran revolucionarios. Los soldados del gobierno apretaban el gatillo antes de que pudieran gritar su propio nombre. En esos momentos, era yo la que lloraba en silencio, como tantos otros.

Poco a poco me había ido quedando sola. Agazapada en mi rincón, resguardada del frío y de las goteras, veía cómo mis compañeros, presos de la desesperación, saltaban a la calle en busca de una muerte rápida. Otros caían en medio del suelo del garaje, muertos por razones obvias, pero que nos daba miedo pronunciar en voz alta: miedo, cansancio, hambre, debilidad y enfermedad, nuestros peores enemigos después de los soldados. Y a ellos, los que morían dentro, aunque nos doliera, los sacábamos a la calle en plena noche. A la mañana siguiente no estaban donde los habíamos dejado. Nos consolábamos pensando que les iban a llevar a un lugar donde descansarían en paz de una vez por todas.

Cuando me quedé completamente sola, había suficientes víveres para unos pocos días y, apurándose mucho, para una semana escasa. Ahora se me estaban acabando y no habían durado ni tres días. Era perfectamente consciente de que mi tiempo de vida llegaba a su fin. Si no era de un disparo, moriría de hambre, cansancio o de alguna otra cosa. Pero moriría igual, tarde o temprano, fuera por lo que fuera.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Pues bien, eso decía que a mí ya no me quedaba nada. Ya había perdido toda la esperanza en la supervivencia.

Iba a morir... y lo sabía.




Me adentré en el último distrito que me faltaba por rastrear. Si todavía quedaba algún revolucionario vivo, estaba en aquel lugar. No se movían, por miedo a que les descubriéramos mudándose de escondite. La ciudad estaba plagada de rastreadores, así que alguno, tarde o temprano, les vería corretear por aquellas calles como si fueran ratones huyendo del gato.

Era una zona difícil de rastrear, porque era la zona más derruida de toda la ciudad. Costaba creer que alguien estuviera todavía allí, que hubiera sobrevivido a los ataques que aquel distrito había sufrido.

Convencido de que no encontraría nada, dirigí mis pasos por una rampa que, sospechaba, llevaría a algún garaje subterráneo o algo parecido.



Ya oía las pisadas, esas pisadas que había estado esperando tanto tiempo. Inconscientemente y llevada por un miedo irracional, me agazapé más en la oscuridad que me envolvía como un manto negro, esperando que no me encontrara. Pero era inútil, porque aquellos rastreadores asesinos hacían bien su trabajo. Habían sido educados, por no decir creados, para encontrar cualquier cosa que todavía viviera en esa ciudad.

Oí los pasos cada vez más cerca. Se me antojaban los pasos de la mismísima Muerte. Me la imaginé vestida de negro, con una capucha ocultando su verdadero rostro huesudo y nacarado y una larga y afilada guadaña en la mano, tal y como la habían imaginado nuestros ancestros, y tal y como me habían enseñado a imaginarla.

Pero el aspecto de aquel soldado distaba bastante de la imagen que yo había creado en mi mente. Era un niño, un crío que no alcanzaría los doce años, que vestía con ropas de adulto que, por supuesto, le quedaban holgadas. En la mano, el revólver que habría de ser el arma que acabaría con mi vida. Daba la impresión de estar rastreando el destartalado garaje.

Ya era hora... Ya era mi hora.




Aquel sitio era la imagen de todos los horrores y terrores de la guerra concentrados en un solo punto. Fuego, frío, muerte, metralla, humedad... Todo estaba allí. Si alguien había vivido en aquel sitio, ese era el cadáver que yacía a mis pies en avanzado estado de descomposición. Me tapé la nariz, pues su hedor me espantaba hasta a mí. Si no fuera por el cumplimiento de mi trabajo, me habría marchado de allí inmediatamente, suponiendo que nadie había tenido las agallas de mantenerse escondido allí. Un humano normal hubiera sentido compasión por aquel pobre diablo que había muerto en ese garaje húmedo y solitario. Sin embargo, yo no.

Pero había alguien más a parte de mí y ese cadáver en el garaje. Algo estaba agazapado en un rincón, como si pensase que podía esconderse de mí arropándose en las sombras. Claro, eso era imposible. Cuando me acerqué no dio muestras de querer huir, sino que se quedó en su sitio, esperando que yo llegara con mi revólver en alto, le preguntara, y luego disparara. Una actitud muy digna, he de reconocerlo.

Pero la dignidad no le iba a ayudar en nada en su situación actual.



El crío se acercó a mí. Me recordaba a mi hermano, era tan pequeño... Si no tuviera el revólver en la mano, preparado para ser apuntado hacia mí, habría pensado que era adorable.

-Es... inadmisible. Ahora crean niños asesinos –murmuré. Eran las primeras palabras que pronunciaba en semanas y el simple sonido de mi voz ronca me asustó. Pensé que habría perdido el habla, pero me había equivocado.

-¿Perdón? –dijo el niño con una voz dulce, pero extrañamente fría.

-¡Eres un crío! ¿No crees que esto no es lo que deberías hacer? ¡No tendrías que ir por las calles matando supervivientes y recargando tu revólver cada dos por tres! Este no es tu mundo, pequeño, no lo es.




Debería haber matado a esa chica sólo por lo impertinente que se mostró. Pero, no sé porqué, no alcé el revólver hacia su frente y, menos aún, disparé contra ella, acabando con su ya de por si penosa vida. Por alguna extraña razón, aquella chica me había dejado paralizado.

-¡Vamos! ¡Mátame! Es lo que tienes que hacer, ¿no? Es tu único cometido en este mundo, tu única tarea.

-Antes tengo que hacerte unas preguntas...

-Nombre, prefiero no acordarme de él, y no sé si lo conseguiría si lo intentara. Procedencia, supongo que esta maldita ciudad. He vivido en tantos sitios que ni siquiera me acuerdo cuál fue el primero. ¿Soy una revolucionaria? Mira, a eso si que puedo responder. Si, soy una revolucionaria. Ahora mismo quemaría vuestra bandera si no fuera porque sólo me quedan fuerzas para hablar.



Tristemente, lo que acababa de decir era cierto. No me acordaba de mi nombre, no sabía de dónde procedía. De pequeña fui muchas niñas, pero siempre fui la misma. Supongo que era la pega de ser una niña adoptada para sustituir a una hija perdida o para lo que fuera para lo que me querían mis padres de acogida. Y lo único que sabía a ciencia cierta sobre mi infancia era que tenía un hermano que murió una tarde en la guerra. Un hermano carnal.

-Pues ahora tendré que matarte.

Pensé que no lloraría llegado el momento, pero me equivoqué. Mientras le vi alzar el revólver y apuntar a mi cabeza, las lágrimas recorrieron mis mejillas. No lloraba de tristeza, ni de miedo, sino de alivio. Una sonrisa, quizá macabra, no lo sé, se dibujó en mi cara.

-Gracias...




Disparé. La vi caer muerta al instante, su cuerpo inerte después del disparo. Pero aunque no había querido oírlo, lo había hecho, había oído lo que aquella chica me había dicho antes de que la disparara y la asesinara. Me había dado las gracias. ¿Las gracias? ¿Por qué? Los condenados a morir por ser quienes eran me habían dicho de todo cuando se estaban enfrentado a la muerte frente a frente. Desde súplicas hasta rezos, antes de encontrarme con esa chica del garaje creí que no me quedaba nada por oír.

Pero, al parecer, me había equivocado. Un agradecimiento era lo único que no me esperaba recibir de los labios de una mujer que está apunto de morir.

Di la vuelta, dispuesto a seguir con mi tarea de buscar supervivientes y posibles revolucionarios. Pero, sin motivo ni razón aparente, no pude. No fui capaz de dar unos pasos y alejarme de aquella tumba. Las rodillas empezaron a temblarme y me empecé a sentir mareado y con ganas de vomitar. Jamás me había sentido así. Caí arrodillado en el sucio suelo de aquel sucio garaje y me llevé las manos a la cabeza; la sentía a punto de explotar.

En mis oídos sonaba todavía la voz de aquella chica dándome las gracias y no estaba seguro de si no sonaba también en el garaje, como si fuera un eco maldito que no se apagaría jamás, como si intentara volverme loco y martirizarme.

Me miré las manos. Aunque no había tocado sangre con ellas las veía rojas y ensangrentadas. La vista se me empezó a nublar y pensé que sería efecto del mareo. Pero pronto las lágrimas, esas gotas saladas que tantas veces había visto salir de los ojos de mis víctimas pero ninguna vez de los míos propios, empezaron a caer por mis mejillas y a golpear con un monótono repiqueteo el suelo.

-No... –susurré, intentando tapar con mi voz la voz de la chica, que seguía sonando en mis oídos.

Pero no sirvió para nada. Incluso parecía que el eco subía de volumen.

-¿En qué me he convertido? –volví a susurrar, pues la voz no me salía de la garganta-. ¿Por qué he acabado aquí? ¿Por qué he acabado así?




Shurha

martes, 12 de enero de 2010

La cenicienta que no quería perder el zapato.

Había vivido incontables veces el mismo cuento. Sí, el cuento de siempre, el de todas las noches antes de irse a dormir, el de todas las madrugadas cuando el sueño no visitaba a aquella niña que crecía a pasos agigantados. Sí, el mismo cuento. Su propio cuento. Y estaba realmente cansada de él.

Se lo sabía de memoria. Ella, una joven e inexperta muchachita de campo que trabajaba para su malvada madrastra y sus insoportables hermanastras. Él, un príncipe apuesto y deseado que buscaba una chica con la que casarse y heredar el reino de su padre. Y después aquel condenado baile, en el que conocería, de rebote, al príncipe azul de sus sueños y que, además, quedaría prendado de ella. Y aquel hechizo que desaparecería a las doce. Y cuando las campanadas sonaran, ella bajaría corriendo las escaleras y escaparía, perdiendo su zapato de cristal.

Y a la mañana siguiente, el príncipe, enamoradísimo, haría buscar a la propietaria de aquel zapato. Y la encontraría, de rebote, y no se podría ni imaginar que fuera ella, una joven e inexperta chica de campo que trabajaba para su madrastra y sus insoportables hijas. Pero sí. Y la llevaría a su palacio, y se casarían y serían felices para siempre... Sí, para siempre. Menudo aburrimiento. Estaba cansada de vivir lo mismo día tras día, noche tras noche. A las niñas les encantaba y jugaban a ser ella. Pero cuando hubieran vivido cien veces la misma historia, no les gustaría tanto.

Pero, ¿qué podía hacer? La historia estaba escrita con tinta indeleble en las mentes de todas las niñas del mundo, y en las de sus madres. Había formado parte de su pasado, de su presente, y formaría parte, también, ¿por qué no?, de su futuro. Así que estaba condenada a seguir viviendo la misma historia una y otra vez, una y otra vez. Y no quería.

Así que, una noche, cuando el Hada Madrina acababa de llegar para proporcionarle aquel vestido blanco, aquella carroza que era una calabaza y aquellos zapatitos de cristal que ella tanto aborrecía, se plantó frente a ella y dijo:

- Estoy harta de mi historia, del final feliz porque él lo diga, de las mismas palabras día tras día -el Hada Madrina la miró sorprendida, pero ella siguió hablando, enfurecida. Y terminó, diciendo-: ¡Dejadme vivir la historia que yo quiera vivir!

Y así, mojadas las mejillas con lágrimas de rabia, abandonó el patio de aquella maldita casa, abandonó aquella ciudad que tantos disgustos la había dado, y abandonó su historia, rumbo a nuevos cuentos que, sabía, la acabarían cansando. Pero quería nuevas palabras, nuevos finales, nuevos personajes. Y, sobre todo, no quería volver a perder aquel condenado zapato para que el condenado príncipe fuera a buscarla a su condenada casa para llevarla a su condenado castillo y ser, una vez más y para siempre, condenadamente felices.

El para siempre sonaba demasiado lejano y aburrido...

domingo, 3 de enero de 2010

Dust in the Universe

Nunca pensaste que llegarías a quererle tanto. Y tampoco que llegarías a amarle. ¿Cómo era posible? Un chico tan poco parecido a ti, que frecuentaba todos aquellos círculos que tú ni te atrevías a mencionar, por miedo, que tenía todos aquellos sueños. Tú, en vez de tener sueños, tenías hechos.

Tenías todo lo que querías, excepto alguien que te quisiera. Sentías una especie de vacío en el corazón, como si te faltara algo. Quizá lo que te faltaba eran unos brazos que te pudieran abrazar cuando tú más lo necesitases. Pero, desgraciadamente, eso el dinero no lo puede comprar.

Y, sin saber muy bien cómo, fijaste tus ojos mimados en aquellas gafas viejas y en aquel flequillo despeinado por el viento. Pero en el mismo momento en que sonreíste al verle, supiste que aquello no podía ser. Él era un chico de la calle. Tú, una especie de dama moderna. Y lo que os separaba era demasiado grande: una frontera de siglos de clases sociales.

Quizá era tu orgullo de casta lo que te tiraba hacia casa. Sabías que te atraía, pero no querías reconocerlo. Para contrarrestarlo, gritabas que eras mejor e incapaz de fijarte en alguien como él. ¡Pero bien sabe tu almohada por tus lágrimas nocturnas que no era cierto! Era tan sólo una tapadera para aliviar el dolor de saber que, aunque no te creyeras ni mejor ni superior, juntar vuestros labios era prácticamente imposible. ¿Cómo se iba a imponer él una meta tan alta?

Pero así lo hizo. Un día, paseando por las calles que cada vez te parecían más tristes, vuestras miradas se encontraron y él se quedó parado en medio de la acera. Te detuviste a su lado y le miraste a los ojos. Él te respondió a la mirada con una sonrisa.

Y en ese momento te sentiste capaz de borrar y derribar todas las barreras que los siglos habían construido entre vosotros.

lunes, 10 de agosto de 2009

Slipping through my fingers

Qué bella es. Sus ojos verdes sonríen por si mismos, iluminan la habitación en la que nos encontramos ella y yo, en silencio, casi a oscuras si no fuera por sus ojos. Su pelo negro se desliza por su espalda en ligeros mechones que yo tantas veces he cepillado, aunque a regañadientes. Su boca redonda ha susurrado tantas noches, tantas veces, que me quería que ya he perdido la cuenta. Y sus manitas... ya no son tan pequeñas, ya no son tan delicadas. Se han convertido en las manos de una mujer. Ella misma se ha convertido en una mujer. Y con esas manos de mujer se labrará su destino lejos del mío.

Cuántas veces me he empeñado en ver en ella a esa niña que, con una mochila llena de ilusiones y una manzana, se iba al colegio correteando por las calles en cuesta de la ciudad. Cuántas veces me habré colado en su habitación por la noche, mientras dormía, y he deseado volver a oírla llorar para abrazarla y consolarla, cómo hacía antes. Cuántas veces me he quedado mirando cómo caminaba por los pasillos de la casa, alzando ante el mundo su belleza, ya crecida. Cuántas veces habré deseado que el tiempo se parara, que se pudiese congelar las imágenes de la vida, para poder disfrutarla para siempre...

Pero el tiempo no es eterno, y la vida menos. Y ahora cada una debe llevar sus propios caminos, por mucho que me duela, por mucho que nos duela. Yo la quiero, ella me quiere. Pero también le quiere a él y ha decidido recorrer el resto del camino de su vida a su lado. Y no se lo reprocho. Pero a cada paso que da hacia la puerta, con su vestido de novia recién estrenado y su ramo de flores entre las manos, siento un poco más que la pierdo. Que la voy perdiendo. Y siento en el fondo de mi alma cómo se desgarra, pensando que no la tendré de nuevo entre mis brazos.

No sé muy bien porqué derramo lágrimas. No sé si es porque me emociona verla feliz, sentir que por fin ha encontrado su camino junto al hombre al que ama... o porque siento que la pierdo, que escapa de entre mis dedos como el agua cuando intento cogerla.

Al fin y al cabo, ella es libre de marcharse.

- Cariño... -la digo, con voz temblorosa y lágrimas en los ojos-. Te quiero.

Ella se vuelve, sonríe y me responde que también me quiere. Y siento que es el te quiero más sincero que me han dicho en la vida. Vuelve hacia la puerta y reanuda sus pasos hasta desaparecer por el pasillo, camino a la capilla que la unirá para siempre a ese hombre.

Y yo no puedo dejar de llorar.

miércoles, 29 de julio de 2009

Relato de Afganistán

Decían que nuestra ciudad era la más peligrosa de todo el país y más en los tiempos que corrían. Afganistán se había convertido en un hervidero de bombas y disparos, que era lo único que se oía cuando intentabas dormir por las noches. Eso y las pisadas presurosas de los soldados que iban de un lado para otro con sus rifles en la mano y cumpliendo órdenes de sus superiores. Con el tiempo, me había acostumbrado a dormir con aquellos ruidos al otro lado de mi puerta. Con el tiempo había aprendido a obviar a los soldados, y a odiarles. Pero aprendí, también, que el odio y el amor estaban más unidos de lo que yo imaginaba.

Esa mañana habían puesto una bomba en el mercado de la ciudad. Yo no me enteré hasta que pasé por allí con mi hermana pequeña, Nashla. Al ver la sangre y los cuerpos desmembrados, corrí a refugiarla contra mi pecho, por mucho que protestara. Sin dejarla ver nada, la alejé de allí lo más rápido que sus torpes piernas me permitían. Cuando llegamos a un callejón en el que la sangre ya no corría, destapé sus ojos y la ordené que fuera a casa y que no se parara. Cuando me di la vuelta para volver a la plaza del mercado, ante mí se alzaba una figura de un soldado americano. Su arma descansaba en el suelo y sus manos estaban manchadas de sangre. En sus ojos había lágrimas, pero no comprendí bien el porqué.

- Por favor... - murmuraba-. Por favor.

El alma de aquel hombre sufría por lo que acababa de vivir. Tenía miedo, sentía la rabia y la ira de los que habían matado unos metros más allá y lo temía. Sentía la muerte cernirse sobre cada habitante de aquella ciudad, incluido él mismo. Él no servía para soldado y eso lo supe desde el primer momento en que le vi sollozar con las manos manchadas de sangre.

Apenada por su sufrimiento, le arrastré por el callejón y por sus calles contiguas hasta llegar a mi casa. Le senté en una silla de la sala de estar y me aseguré de que Nashla no estuviera cerca de aquella manos ensangrentadas. Le llevé un cuenco con agua y unos paños. Se lavó las manos y la cara.

- Muchísimas gracias -dijo mientras me sentaba a su lado.

- No hay de qué -Nashla espiaba por entre las cortinas y cuando se percató de que la miraba, desapareció-. Usted no sirve para ser soldado, ¿qué hace aquí?

El soldado me miró incrédulo. Quizá había sido demasiado atrevida al hablarle de esa manera a un soldado americano. Por suerte no tenía su arma consigo.

- Supongo que no me quedó más opción.

Él no hablaba más y yo no pretendía darle conversación. Así que cuando se sintió con fuerzas suficientes, salió de mi casa y no le volví a ver más. O eso pensé hasta que me le encontré unos meses después en la zona de otro atentado. A diferencia que el primero, ya no había muertos en la plaza. A diferencia del primero, yo iba en calidad de voluntaria allí, con un grupo de jóvenes que solía limpiar la zona de los atentados. Y, a diferencia del anterior, él iba de civil y se afanaba por quitar escombros de la calle.

- Volvemos a encontrarnos -dijo él. Se acordaba de mí.

Recogimos esa zona y muchas otras antes de que nos diéramos nuestro primer beso, escondidos en un banco de un parque cercano a mi casa. Y recogimos muchas más zonas antes de que él decidiera llevarnos fuera de Afganistán a Nashla y a mí.

- Este lugar es demasiado peligroso -decía mientras me abrazaba-. Y no quiero que ni tú ni Nashla salgáis heridas por culpa de un terrorista insensato.

Obviamente, yo tampoco quería salir herida de allí ni tampoco quería que mi hermanita pequeña muriera mientras jugaba por la calle. Pero él no entendía que aquel era mi país, mi ciudad. Mi tierra. Quería quedarme, tenía que quedarme, por muy peligrosa que fuera y por mucho que él se empeñara en sacarnos de ahí. Él quería marcharse, pero puso como condición que le acompañáramos en su viaje.

- No pienso marcharme de aquí, Michael. Este es el lugar al que pertenezco. Fuera de aquí, moriría.

- ¿Y aquí no? Mariam, es muy peligroso quedarse aquí mientras las bombas vuelan por encima de tu cabeza.

- Pero es lo que quiero, porque yo amo a esta tierra. Por mucho que te duela.

- No lo entiendo.

Cogí sus manos entre las mías.

- Yo tampoco entiendo porqué moriría si me marchara de aquí. Pero no hace falta entenderlo para saber que es así. Es mi tierra, Michael. Y por muy peligrosa que sea, yo la amo. No podría alejarme de mis raíces, soy una persona que no sobreviviría a eso. No conozco otra cosa que no sea esto y no quiero conocer nada más -sus ojos estaban tristes-. Vete tú si quieres, vuelve a Estados Unidos. Pero yo me quedo aquí. Y Nashla se queda conmigo.

En aquel momento me pareció lo más razonable y lógico que nunca hubiera dicho. Obviamente, Michael se quedó con Nashla y conmigo. Nos casamos. Tuvimos una preciosa hija. Pero ahora la respuesta que le di a Michael no me parece tan lógica. Ahora entiendo que mi hija podía haber nacido en Estados Unidos, que nos podíamos haber casado en Estados Unidos. Pero supongo que ahora es demasiado tarde para pedir perdón por lo que no hice en su momento. Supongo que, ahora que la sangre brota de mi cabeza, ya es demasiado tarde para decirle a Michael que debería haberme ido con él.




Shurha

martes, 28 de julio de 2009

Seis cuerdas

Atardecía. Acompañando al sol en el cielo sólo había unas cuantas nubes esporádicas. No tardaría en hacerse de noche, pero el calor no amainaba. No corría el viento y hacía demasiado calor para mí. Y seguro que para el resto de los mortales también. Pero, a pesar de eso, él estaba en el banco, como todas las noches.

Llevaba viéndole unas cuantas noches. Bajaba de su casa, se sentaba en el banco de la calle y se ponía a tocar la guitarra. Tenía una voz dulce y sus manos se movían con soltura sobre las cuerdas, arrancando del cuerpo de la guitarra los sonidos más agradables que yo hubiera escuchado jamás. Siempre había querido bajar y preguntarle quién era, si podía cantar con él. Pero la vergüenza siempre me podía.

Pero un día me atreví a bajar las escaleras. Me planté delante del guitarrista, que me miró con curiosidad.

- Hola- mascullé-. ¿P-puedo cantar contigo?

Él sonrió. A parte de una voz bonita, también tenía una sonrisa encantadora. Se sentó en un lateral del banco, dejándome espacio para sentarme a su lado. Tocó una canción y yo canté con él. Así una y otra vez. Pero una de las canciones, que empezaba con un punteo, yo no la reconocí.

- ¿Al fin te has decidido a bajar?

- ¿Perdón? -¿me había visto mirarle desde la ventana?

- Llevas desde que bajé aquí por primera vez observándome tocar la guitarra desde tu ventana. Parecía que querías bajar pero nunca te atrevías. Y hoy, por fin, lo has hecho.

No sabía qué decir. Cuando adquirí de nuevo todo el control sobre mi boca, sólo se me ocurrió preguntar:

- ¿Por qué bajas aquí a tocar? ¿No puedes tocar en tu casa?

- Mi mujer me lo prohíbe -sonrió amargamente. Quería a su mujer, estaba claro, pero también quería a su guitarra y a su música-. Un día me dijo que si quería tocar la guitarra debía hacerlo en la calle. Así que con las mismas cogí la guitarra y me senté en este banco a tocar. Al principio no me gustaba tocar aquí, pero cuando te descubrí en la ventana, todo adquirió sentido. Toqué para ti.

Sentí cómo me sonrojaba. Él, al parecer, lo vio y sonrió con dulzura. Aparté la mirada y la fijé en mis pies, con los que jugueteaba para no parecer demasiado estúpida e infantil.

- Sé que es un tanto brusco, pero creo que deberías saber que eres mi primera oyente -volvió a sonreír. Y no pude hacer otra cosa que sonreír también.

- Gracias.

- ¿Por?

- Por tocar para mí y por dejar que cante contigo esta noche.

Me levanté para irme. Ya era casi totalmente de noche y no quería acostarme tarde. Pero sentí cómo una mano me cogía de la muñeca e impedía que me fuera a mi casa.

- No te vayas todavía -iba a protestar, pero me di cuenta de que no me quería marchar de allí. Así que me volví a sentar en el banco y volví a cantar con él y para él. Esta vez él era mi público, sólo él, y yo era el suyo.

La gente nos miraba extrañada cuando pasaban a nuestro lado y cuando la noche fue tan profunda que cualquier tipo de sonido sobraba, él dejó la guitarra a un lado y se puso a observar las estrellas. Le imité. Y entonces sentí cómo su mano cogía mi mano.

Sabía perfectamente que aquello estaba mal. Y cuando le besé en mi portal seguía sabiendo que aquello estaba mal. Y cuando nos convertimos en amantes secretos supe más que nunca que aquello estaba mal. Pero no podía hacer nada. Porque también sabía desde el primer momento en que le vi tocar la guitarra frente a mi ventana que me había enamorado perdidamente de él.



Shurha

lunes, 20 de julio de 2009

Entre nosotras

Zoe era mi mejor amiga. Siempre lo había sido. Siempre lo sería. Nos contábamos absolutamente todo. Con ella compartía mis alegrías, mis penas; mis risas, mis lágrimas; mis cosas buenas, y también las malas; los días claros, los días oscuros. Lo que pasaba por mi cabeza no tardaba en pasar por la suya, y lo que pasaba por la suya no tardaba en pasar por la mía. Se podía decir que no teníamos ningún secreto. Hasta, que un día, ella tuvo un secreto.

Cada día que pasaba la notaba un poco más fría. Al principio pensé que eran impresiones mías, pero según iba pasando el tiempo concluí que no, no me lo imaginaba. Cada día se distanciaba un poquito más. Al principio fue tan sólo algo físico: ya no me abrazaba como antes, siempre que tenía la ocasión; ya no me hacía cosquillas cuando estaba medio dormida; ya no me daba besos en la mejilla. Después empezó a ser algo más que físico: los fines de semana ya quedaba tanto conmigo. Decía que tenía cosas que hacer. También empezó a venir menos a mi casa y tampoco se quedaba a dormir en ella. Hubo una semana que ni siquiera la vi, cuando lo más normal era que la viera tres días o cuatro. El siguiente paso fue intentar evitarme.

No cogía mis llamadas y tampoco las respondía. No me contestaba a los mensajes. No me hablaba en el chat. No me contestaba los correos. Incluso una vez la mandé una carta y ni siquiera tuve noticias de que la recibiera. Cuando iba a su casa, su madre me decía que no estaba. Pero yo sabía perfectamente que ella estaba allí, detrás de su madre. Huía de mí. Y yo no sabía qué era lo que me dolía más, si el hecho de que huyera de mí o el hecho de no saber porqué huía de mí. Y la situación me estaba empezando a cansar, cada vez más. No acertaba a entender porqué lo hacía, porque a mis ojos no tenía ningún motivo para hacerlo.

Así que un día tomé una decisión, quizá algo precipitada, pero necesitaba tomarla. No fui a la última hora de clase y me planté en la puerta de su instituto. Saldría por ahí en menos de media hora. El instituto no tenía más salidas que esa. Así que, aunque me viera, no podría huir de mí. No esta vez. Cuando salió al patio me vio e intentó dar un rodeo para evitarme, pero yo fui a por ella.

Ni siquiera la saludé.

-¿Qué te pasa conmigo?

-¿Contigo? Nada -dijo, como si fuera lo más normal del mundo.

-¿Nada? No te creo, Zoe. Me evitas, huyes de mí, no quieres saber nada de mí. Es como si yo para ti ya no existiera. ¿Qué te pasa, Zoe?

Ella calló y apartó la mirada. Me dio la impresión de que se estaba sonrojando. Masculló algo que yo no entendí y me acerqué a ella para oírla mejor por si lo repetía. Entonces me miró a los ojos y, de repente, tuve sus labios contra los míos. Me quedé tan sorprendida que no me di cuenta de que mi corazón palpitaba demasiado rápido.

-Estoy enamorada de ti, estúpida. Y tú ni te habías dado cuenta.

Me volvió a besar... una y otra vez... Y yo, como era obvio, no opuse resistencia.




Shurha

jueves, 16 de julio de 2009

La doncella del balcón

El joven se despertó todavía de noche. Giró la cabeza y miró por la ventana. Vio la Luna, llena, blanca y plateada, coronando el cielo negro como su cabello. La Reina de la Noche había salida a pasear.

Se levantó del lecho de blancas sábanas y se acercó al balcón de su alcoba y miró a la perfecta redondez plateada que le observaba desde su trono de estrellas.

Entonces la vio. Cerca del lago que se encontraba cerca del castillo, de pie, bañada por una luz blanca y pura, tan blanca y pura como sus cabellos, estaba ella. Una joven pálida, de ojos negros, con el cabello blanco y el vestido inmaculado.

Miraba hacia el balcón. Miraba hacia el joven que también la observaba a ella, hacia el hombre de negros cabellos y ojos acuosos.

Quedaron mirándose a los ojos, hechizados como estaban y, después, tras unos minutos que parecieron años, siglos, aunque bien podía haber sido así, la doncella, girándose grácilmente y echando a andar, desapareció por la espesura a la vez que el sol empezaba a salir.

El joven observó el camino, todavía hechizado por los profundos pozos que la doncella tenía por ojos. Sus facciones, tan dulces que podían derretir cualquier corazón que se pusiera por delante; su piel, tan blanca que parecía leche; y su cabello... tan largo que le llegaba por la mitad de los muslos, ondulado, no demasiado, que caía en cascada por su cara y su espalda.

En ese momento, sintió en su pecho el latir de su corazón muerto. Sintió por primera vez en mucho tiempo la sangre correr por sus venas y que su alma inmortal sentía como no sentía desde hacía siglos. Tantos años hacía de eso que no recordaba el amor.

A la noche siguiente le despertó un ligero chapoteo en el lago cristalino del jardín del castillo. Salió al balcón y vio a la doncella de la noche pasada, jugando, desnuda, con el reflejo de la Reina en la oscuras aguas de la laguna.

Sus cabellos flotaban por la superficie de espejo del lago. Eran como una sábana blanca que barría el agua mientras la joven se adentraba más en el lago.

El corazón del joven latió con más fuerza al ver la imagen de la doncella bañándose. Se quedó observándola, como un bandido nocturno que observa a su presa antes de saltar sobre ella y robar su inocencia.

Pero el sol empezó a mostrarse pronto por el negro horizonte, tiñéndolo todo con un reflejo dorado y haciendo que el reflejo de la luna empezara a desaparecer y, con él, la doncella del lago.

El joven no pudo evitar sentirse roto por dentro. No sabía si la joven conocía sus sentimientos o incluso si sabía que le observaba por las noches. Pero la misteriosa barrera que les separaba, al mismo tiempo les unía y hacía que el caballero deseara tocar la blanquecina piel de la joven.

Durante muchas noches siguió observándola paseando por el jardín, corriendo por el laberinto de flores de debajo del balcón del joven o bañarse en el lago con su blancura inmaculada inundando toda la superficie junto con la luna, su continua compañera.

Pero una noche la Reina no apareció en el cielo y el joven buscó a la doncella con la mirada por todo el jardín. Pero no la encontró ni en el lago, ni en su lecho de rosas, ni en el laberinto.

Una lágrima fría, casi de hielo, cayó por la muerta mejilla del inmortal hombre. No ver a la joven de sus sueños, a la blanca doncella del lago, de los inmaculados cabellos y lechosa piel, le dolía.

A las noches siguientes, un reflejo, casi un brillo, apareció en los jardines, casi imperceptible; pero el joven lo seguía buscando. Solo cuando la luna aparecía blanca en el cielo, la chica aparecía también y miraba al balcón...

Una noche, el hombre se despertó cuando una suave brisa fresca le acarició las duras facciones de su frío rostro. Abrió los ojos y vio a la joven sentada en el balcón, mirándole, susurrando un hombre con sus sonrosados y apetecibles labios carnosos.

“Marielle...” el nombre resonaba por las cuatro paredes de esa cárcel que era su alcoba, aunque solo fuese un simple susurro.

Se levantó y se acercó al balcón. Marielle no apartó los ojos de él, de sus ojos, de su boca, de su torso desnudo y moreno, de su cabello demasiad largo para un hombre... y de sus pies, que andaban hacia ella.

Él no podía evitar sentir la atracción fatal que le incitaba a acercarse hacia ella, hacia Marielle, la doncella blanca que ocultaba algo demasiado oscuro para se como ella era, blanca, pura e inmaculada.

Tocó su mano y la doncella ni se inmutó. Siguió mirándole a los ojos azules desde sus pozos negros y alzó una mano blanca.

“Marielle...” seguía susurrando con una voz hechizada y que hechizaba.

Acarició con el dorso de la mano la dura y fría mejilla del hombre que ante ella se encontraba. Sentía su respiración, fuerte por el deseo y le acercó a ella, haciendo que la abrazara.

Con todo, no apartó sus ojos de los del joven inmortal. Era imposible, pues la atracción que él sentía hacia la doncella, también ella la sentía. Por eso, cuando sus labios acariciaron los suyos, sin besarlos, solo rozándolos, su corazón latió fuertemente.

Su beso fue dulce, tierno, sencillo, sincero. El hombre sintió el amor como aquella vez lo había sentido. Ese amor que le había dejado encerrado en esa cárcel de piedra y hierro.

Cogió a la doncella en brazos y sintió el calor de su piel lechosa. Pasaron la noche juntos, enredados. El caballero negro y la doncella blanca, juntos por primera y última vez.

A la mañana siguiente, la doncella había desaparecido, dejando su dulce y olor penetrante en la almohada del joven. Esa noche no apareció, ni las siguientes, dejando al hombre solo y desesperado, roto.

“Marielle...” susurró el joven mientras se clavaba el puñal de cristal y hielo en medio del corazón. La sangre brotaba negra de su pecho.

Así apareció cuando entré en su alcoba que era su prisión, para decirle que su condena voluntaria había terminado. Y así me lo contó la Luna esa misma noche.

La Luna, la Reina, la Doncella Blanca, el Reflejo... Esa noche se tiñó de rojo la luna, esa noche que provocó un suicidio, esa noche que la doncella abandonó el mundo de los mortales para unirse al brillo de la luna, como siempre había hecho, como siempre había estado.



Shurha

lunes, 13 de julio de 2009

El viaje de las hadas

Cuando era pequeño pensaba que las hadas eran esos pequeños seres que volaban con sus delicadas alitas de colores por entre los árboles del bosque, o que se quedaban sentadas en la estantería de tu cuarto (llena de polvo, por supuesto) mientras dormías. Siempre me había imaginado a las hadas como a Campanilla, pero un poco menos agrias. Como el Hada Madrina, pero un poco más pequeñas.

Toda mi visión de las hadas cambió cuando llegó ella. Yo sólo tenía 10 años y era un niño tonto. Ella tenía 19 y era la novia de mi hermano. Era muy guapa y, aunque no tenía alas, yo en mi fuero interno estaba seguro de que podía volar. Su sonrisa iluminaba la habitación y hasta hacía reír a mi padre, siempre tan serio metido en su traje de marca.

Recuerdo el día en que le pregunté si era un hada...

- ¿Un hada, yo? Pero si las hadas tienen preciosos vestidos de colores y delicadas alas que parecen de cristal. ¿Cómo voy a ser un hada, Gabri? -me había sonreído. Entonces más que nunca estuve convencido de que era un hada.

- Pero te pareces a un hada...

Con una sonrisa había cortado la conversación. Desesperado, intentaba buscar cualquier resquicio de magia que pudiera dejar a su paso, quizá un halo dorado o unos polvos mágicos con los que hacer que las flores olieran mejor. Pero no lo conseguí. No encontré nada que pudiera demostrar que ella era un hada. Aún así seguía convencido.

Unos meses después, mi hermano y ella cortaron. Él me dijo que había sido un estúpido y la había hecho daño, con lo que no se podía permitir volverla a hacer daño. No quería volverla a ver llorar, por lo que había decidido no volver a verla. Y, por supuesto, yo no la volví a ver.

Sólo fue cuando crecí que me di cuenta de lo que no había visto cuando era un niño. Tal como me habría gustado decirle, las hadas no tienen porqué tener alas. Y, si las tienen, las llevan escondidas. Y no toda su magia se puede limitar a hacer que las flores huelan mejor o que el sol brille con más fuerza.

Su magia era la sonrisa. Con ella hacía que el ambiente fuera más dulce, endulzaba la vida de mi hermano, la de mi padre y la mía propia. Y no me había dado cuenta. Y la sonrisa es la magia que ahora reconozco más, y la que más valoro. Nada de sacar conejos de una chistera. Donde esté una buena sonrisa, que se quite la magia de pega.



Shurha

jueves, 9 de julio de 2009

Cristal de Bohemia

De ella tan sólo conocía que era morena y se hacía llamar Cristal. De sobra sabía que no era su nombre. Desgraciadamente, sabía poco de ella. Su nombre y su pelo. Había cientos de chicas, por no decir miles, que fueran morenas allí, en París. Además, su seudónimo no era especialmente conocido por las calles. Sólo en los círculos de bohemios parisinos que frecuentábamos los dos de vez en cuando sabían que ella se hacía llamar Cristal. Y, desgraciadamente, no encontré a nadie que me supiera decir su verdadero nombre. Y si lo encontré, no me lo quiso decir.

Había otra cosa que sabía de ella. Y era que escribía y pintaba de forma excepcional. Sabía transmitir todo un mundo de sensaciones y sentimientos con las palabras y con los colores. Un mundo de sensaciones y sentimientos que ni yo en mis mejores sueños habría sido capaz de transmitir. Toda ella era excepcional, y sólo había que ver su forma de moverse por la oscuridad. De manera elegante y sigilosamente, imperceptiblemente.

Quería conocerla. ¿Por qué? Ni idea. Quizá un pequeño calambrazo al ver su espalda me incitó a conocer a aquella pequeña maravilla de la creación. Era misteriosa y a mí el misterio me chiflaba. Y más en cuerpo de mujer. Y más en cuerpo de bohemia.

Después de los meses, volví desesperado al bar. No la encontraba, y mi corazón empezaba a latir desesperado, cada día más débil y cansado de esperar. ¿Acaso...? No. Yo no creía en esas cosas. Había dejado de creer en esas cosas hacía mucho tiempo. Y una mujer misteriosa no iba a hacerme cambiar de parecer. Perseguí otros romances fugaces, para intentar olvidar las razones que azuzaban a mi corazón a la locura permanente. Olvidé por momentos, pero cuando el día me sorprendía tendido sobre mi cama y con sueño, sentía que su nombre volvía a mis labios y me impedía seguir con mi vida de búho.

La puerta se abrió y, pasando desapercibida, entró en la oscuridad casi lujuriosa de aquel antro de mala muerte. Yo estaba apostado en la barra, con un whisky entre mis manos, el único que me entendía, por mucho que me doliera. Se sentó a mi lado y se pidió una copa. Entonces, quitándose el pañuelo del cuello, me miró y me dijo:

- Soy Cristal. ¿Me buscabas? -sentí que el tiempo se paraba y el mundo se silenciaba.



Shurha

lunes, 6 de julio de 2009

Memoria de una injusticia

Era de noche y los dos amantes se tomaron de las manos y se miraron a los ojos. Las palabras del sacerdote eran como campanas en la oscuridad, tan sólo iluminada por cientos de velas, que hacían del jardín un edén de sombras. La pareja se fue acercando, para sellar su sagrada unión con un beso. Como si aquello no pudiera separarles nunca. Cuando apenas les faltaban unos pocos centímetro para legitimar su sagrada unión, algunos soldados entraron en el jardín y apuntaron a la pareja con sus armas.

Con fuertes brazos separaron al joven y se lo llevaron, arrastrándolo por entre los árboles y arbustos, rasgando sus ropas y arañando su piel. La joven y el sacerdote quedaron solos en el jardín cuando de los ojos de ella empezaron a brotar lágrimas amargas.

- ¿A dónde se lo llevan, padre? -dijo al sacerdote. El anciano parecía alterado por que los soldados se llevaran al chico.

- No lo sé, hija.

Pero antes de que el hombre pudiera decir nada, la joven salió corriendo por el camino por el que había desaparecido su querido William. Gritaba su nombre en la oscuridad, pero su voz no la llamaba a ella. Iba a la deriva por entre los árboles y pronto desembocó en un camino iluminado por algunos faroles, un lugar imposible para seguirle la pista a los soldados.

Buscó consuelo en su padre pero él, tan frío como siempre, solo la dio unas palmaditas en la espalda y la dejó descansar, pues decía que a la mañana siguiente se encontraría mejor. Ella no entendía lo que quería decir su padre. ¿Cómo se iba a sentir mejor si habían arrestado a su prometido sin ninguna explicación?

A la mañana siguiente llegó una carta para ella, que rezaba que su prometido había sido arrestado por sus numerosas faltas y crímenes. ¿Qué crímenes? La carta no lo especificaba. Tampoco decía dónde había sido encarcelado, así que no podría ir a verle. Pero, aún con toda la pompa del sello real en la carta y todo aquello, la chica no se creía que William fuera un delincuente cualquiera.



Pero pasaron los años y ella no tuvo ninguna noticia de William ni de su encierro. Su padre había decidido que lo mejor para ella sería olvidarle y que encontrase un nuevo hombre con el que poder casarse y llevar una vida más o menos feliz. Pero ella no quería. ¿Cómo podría olvidar a William? Su padre no la comprendía y, además, la quería obligar a casarse con alguien de quien no estaba enamorada. ¿Cómo podía ser tan insensible, su padre? No lo comprendía y nunca lo llegaría a comprender.

Aún así, su padre se salió con la suya. Consiguió que ella aceptase la mano de un hombre rico y de buena posición social. Los remordimientos anidaban en su cabeza durante todo el día desde que le conoció hasta que el día en el que debía de celebrarse la boda. E incluso años más tarde, los remordimientos volvían de vez en cuando para torturarla y hacerla sentir culpable por lo que había hecho.

El día de la unión de la chica con su nuevo prometido era un día soleado, aunque ella no dejaba de derramar lágrimas. Iba a ser una celebración pomposa, llena de invitados, flores, cintas, sillas y un gran banquete para todos los asistentes.

El sol ya había llegado a su punto más alto cuando el sacerdote preguntaba si alguien tenía algo en contra de aquella sagrada unión que se estaba celebrando. Cuando estaba a punto de legitimar la unión, una voz fuerte y decidida sonó en el jardín iluminado por el sol:

- Yo tengo algo que objetar -todo el mundo se giró hacia el lugar del que provenía la voz y vieron a un joven sucio y descuidado, que se acercaba con paso firme hacia donde estaba la pareja. La joven, que había estado aguantando las lágrimas durante toda la ceremonia, sintió cómo toda su fuerza de voluntad desaparecía y su vista se hacía borrosa ante la visión del joven preso liberado-. Esta ceremonia no debería concluir así.

Los asistentes a la boda callaron. El padre de la novia enrojeció de ira. El novio quedó estupefacto. La novia lloraba. El sacerdote no sabía qué decir. Todos esperaron a que el joven recién llegado dijese lo que había ido a decir.

- Esta joven no es su legítima esposa, sino la mía. Vengo a por lo que me fue arrebatado hace años. Vengo a por mi felicidad... -sonrió a la joven novia, que le dio la mano y miró a su padre, sin decir ninguna palabra.




Años más tarde, cuando los dos amantes despertaron juntos una mañana lejos de todo lo que les había separado años atrás, la chica se atrevió a preguntarle de qué crímenes era culpable. William sólo respondió con una frase:

- Mi único crimen fue amarte cuando no me estaba permitido.




Shurha (Sé que este tema y desarrollo es el más típico, pero a mí me gusta...)

viernes, 3 de julio de 2009

Suspiros de estación

En la estación, la chica aguardaba junto a la maleta. Miraba hacia todos los lados, esperando ver aparecer de un momento a otro a Dorian corriendo por la esquina. Sabía que él era así de despistado, pero ¿podría olvidarse de que ese día ella salía de la estación de tren y que no volvería en años? Suspiró y llevó su maleta hacia un banco, en el que ella se sentó a esperar.



Dorian se puso los pantalones a toda prisa. Se ató las zapatillas como pudo y después eligió una camiseta al azar. No tenía tiempo para andar mirando qué camiseta sería la más adecuada para una despedida como aquella. Miró el reloj de su muñeca. Las once y cuarto. Si se daba prisa quizá llegaba a la estación justo para coger a Miriam de la muñeca y decirle eso que tanto deseaba decirle desde hacía tanto tiempo.

Quería decirla que la quería, pero no sabía si era el mejor momento. Ella se iba a marchar a Nueva York y estaría allí unos cuantos años, tres como mínimo, en una academia de danza de las mejores. Ella quería bailar y aseguraba que si quería ser alguien, tenía que pasar algún tiempo en esa academia. Nueva York no estaba tan cerca como podía estar París y los vuelos cruzando el Atlántico no eran precisamente baratos; las posibilidades de que se vieran durante aquellos años eran casi nulas, contando con que Miriam no iba a volver a Inglaterra para Navidad. Ningún año.

Cuando salió por la puerta ni se había peinado. ¿Qué más daba? No podía perder el tiempo y no creyó que a Miriam la importaba verle despeinado. Corrió por la calle y se encontró a su madre, que le gritó que dónde iba. Pero Dorian no escuchaba nada, salvo los latidos de su corazón y una voz en la cabeza que repetía el nombre de ella.



Ya había llegado el tren. No tardaría en subir a él y Dorian seguía sin aparecer. Se levantó lentamente y arrastró la maleta hasta la puerta del tren. Con ayuda de otro pasajero, consiguió subirla hasta el vagón. Después subió ella y, sin entrar del todo, volvió a mirar hacia los lados, por si Dorian aparecía en ese preciso momento. Pero no apareció.

Entró del todo en el tren y se sentó en su asiento, después de colocar la maleta en la rejilla sobre su cabeza. Se puso los cascos y empezó a escuchar música para evadirse del mundo que la rodeaba. Pero la sonrisa y la mirada de Dorian no se le iban de la cabeza. ¿Realmente aguantaría tanto tiempo sin ver a la única persona a quien ella quería?



Dorian corrió como alma que lleva el diablo hasta entrar por la puerta de la estación. Una vez allí, se dirigió al andén adecuado y observó cómo el tren todavía estaba parado. Recorrió todo el tren buscando a Miriam y la encontró en el último vagón, soltando unas discretas lágrimas, tan discretas como ella. Golpeó el cristal y Miriam le miró. Al principio no se lo creía, pero después se pegó a la ventana.

- ¡Te quiero! -gritó Dorian, a sabiendas de que Miriam no le oiría. Pero necesitaba decirlo, gritarlo para que se enterara el mundo.



Miriam no se lo creía cuando vio a Dorian pegado al cristal. La gritaba algo, pero ella no acertaba a escucharlo. Se limitó a leerle los labios y lo que leyó le dejó sin respiración.

En ese momento el tren se puso en marcha. Dorian seguía con la mano pegada al cristal de la ventanilla y Miriam luchaba por seguir viendo su rostro, hasta que el tren fuera tan rápido que él no pudiese seguir su ritmo. La mano de Dorian cada vez fue quedando más atrás hasta que la mano y él desaparecieron totalmente de la vista de la chica. Se derrumbó en su asiento, todavía sin creerse lo que había leído de los labios de Dorian.

¿Él la quería? Se sintió estúpida.



Shurha

martes, 30 de junio de 2009

La señal de la cruz

La joven entró corriendo en la iglesia. Se paró ante el pasillo principal, agitada y con la respiración entrecortada. Miró hacia los lados y no vio a nadie. Se puso a caminar por el pasillo central de la iglesia, ahora más calmada e intentando recuperar la respiración perdida, hasta que llegó a la primera fila de bancos. Allí se arrodilló y miró el gran crucifijo que se alzaba antes ella. Entrelazó sus manos y se puso a rezar.

- Padre, por favor. Perdóname. He pecado con tus hombres, con uno de esos hombres que decidieron consagrar su vida a ti y a tus designios. He roto sus votos. Padre, perdona a esta pecadora que no sabía lo que hacía.

Sintió una mano sobre su hombro. No se sobresaltó, porque esperaba a algo parecido. Se persignó y miró hacia la persona que la había tocado. Ante ella había un hombre atractivo con penetrantes ojos azules. Al mirar a sus ojos recordó todo aquello por lo que había pedido perdón.

Ese amor estaba prohibido. Se habían conocido años atrás, cuando ella se había confirmado. Él era algunos años más mayor que ella y le faltaba poco para convertirse en sacerdote. Habían entablado una amistad, cada vez más profunda, hasta que ella sintió que se empezaba a enamorar de él. Sabía que no podía ser, que aquello era lo peor que le podía ocurrir: enamorarse de un futuro sacerdote, un hombre que había decidido consagrar su vida a Dios.

Él había profesado aún sabiendo que ella se había enamorado de él y él, tristemente, también de ella. Pero su determinación y su amor por el Señor era mayor que el amor que pudiera sentir por cualquier mujer.

A veces se veían, pero dolía demasiado. Un día, años después, se habían vuelto a ver y todo lo que los dos se habían guardado había saltado en un apasionado beso, ocultos en la sacristía. Ella se había sentido una pecadora y había salido corriendo de la iglesia, llorando por varios motivos. El Señor sabría perdonar a uno de sus hombres, pero no a ella. Al día siguiente, arrepentida, había vuelto a la iglesia a rezar y a pedir perdón. Ahora estaba mirando a aquel sacerdote que la había besado torpe y dulcemente.

- Tus pecados te son perdonados -dijo el sacerdote, en virtud de los poderes que el Señor le había concedido-. Puedes ir en paz.

Ella se volvió a hacer la señal de la cruz y se puso a andar lentamente hacia la sacristía. El sacerdote miró hacia la cruz y se persignó con lentitud. Clavó los ojos en los ojos entrecerrados de Cristo crucificado.

- Perdóname, padre, porque voy a pecar...

Después ando tras ella, esa mujer de la que se había enamorado hacía años. Él sería casto, no se permitiría a sí mismo romper sus votos, sólo se permitía un amor casto e inocente. Pero un simple beso no hacía mal a nadie. Confiaba que el Señor supiera perdonar esos besos inocentes.



Shurha

domingo, 28 de junio de 2009

No llores, porque te quiero

Sentada en las escaleras de la iglesia, sentía que el mundo entero se le venía encima. El cielo parecía romperse sobre ella y de un momento a otro caería sobre su cabeza, matándola. Realmente en ese momento no la importaba. Ya nada tenía sentido. Todo había perdido las razones cuando él había cerrado los ojos. Y las nubes... todo estaba cubierto por nubes grises que amenazaban una tormenta, la tormenta del final.

En el mismísimo momento en el que se encontró de frente con la realidad, sintió cómo sus ojos se llenaron de lágrimas. Hundió su rostro entre sus manos, aquellas que no habían hecho nada para evitar el desastre, y lloró desconsoladamente. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y sus antebrazos y caían sin control al suelo, estrellándose contra la piedra de las escaleras. Todas las personas que pasaban ante ella se quedaban mirándola con cara extrañada, pensando qué la pasaría como para que estuviera sentada a la puerta de una iglesia llorando. Todos se acercaban, pero nadie conseguía comprender su dolor.

Una oscura compaña salió por la puerta de la iglesia y bajó, solemne, la escalera. Algunos apretaron con cariño el hombro de la chica, pero la mayoría pasaron de largo, siguiendo su penoso camino hacia casa, pensando que sólo ellos sufrían de aquella manera (cuán equivocados estaban).

La gente dejó de bajar las escaleras y desapareció tan rápido como había aparecido. Y ella volvió a quedarse completamente sola, aunque cuando aquellas personas la apretaban el hombro tampoco se había sentido excesivamente acompañada. Levantó la cabeza y se secó unas últimas lágrimas rezagadas que querían seguir el camino de las demás y estrellarse contra el suelo. Estaba a punto de bajar un escalón, sin ganas, cuando oyó unos pasos a sus espaldas y notó unos brazos que la agarraban por la cintura. Después, un cuerpo que se pegaba al suyo por la espalda y la estrechaba con fuerza.

- No -dijo simplemente-. Todavía no.

Ella se giró y vio la cara conocida que quería haber visto en la compaña siniestra, pero que no había visto. Le vio allí, de pie, con los ojos enrojecidos como ella y con los surcos de las lágrimas todavía latentes es sus mejillas.

Él la abrazó y ella ocultó su rostro contra su pecho. Oyó el latido de su corazón desbocado por las emociones y se abrazó con más fuerza a su cintura. Él la acarició el pelo y susurró palabras tranquilizadoras a su oído. Poco a poco, ella se fue calmando, pero las lágrimas no dejaron ni un solo momento de manar de sus ojos.

Fue entonces cuando él separó su cara de su pecho y la miró a los ojos intensamente. Con un dedo firme, secó las lágrimas de la chica y sujetó su rostro entre las manos, tiernamente.

- No llores... -ella soltó algunas lágrimas más, que el besó con ternura-. No llores, porque yo te quiero.

Ella sonrió y no pudo evitar volver a llorar, pero no de tristeza. Le besó y se abrazó a él. Y en ese momento sintió que aquellas nubes a las que tanto miedo tenía si iban disipando poco a poco y que el sol empezaba a brillar tímidamente. Sabía que todavía quedaba mucho tiempo antes de que las nubes desaparecieran y de que el sol brillara con fuerza. Pero esperaría. Esperaría... a su lado.



Shurha

jueves, 25 de junio de 2009

Kilómetros

La chica se paseaba por el bordillo, impaciente. Jugaba a mantener el equilibrio para distraerse un poco. Pero aunque caminaba y se concentraba en no caerse hacia los lados, no servía para mucho. Estaba tan nerviosa que ni siquiera así podía dejar de pensar. Cuando se cansó de jugar, se sentó en el bordillo y miró el reloj.

- "Las once y cuarto -pensó-. Se retrasan."

No deberían retrasarse. Habían quedado a las once porque ellos habían previsto lo que iban a tardar en hacer la ruta. Y en esos casos, el hecho de un pequeño retraso hacía que la cabeza de la chica se dirigiera a un accidente y no hacia un atasco a la entrada de la ciudad. Apoyó su cara en las manos y resopló, mientras oía como Alberto se acercaba hacia ella por detrás y se sentaba a su lado.

- ¿Qué te pasa?

- Se retrasan -la chica miraba constantemente a un lado y a otro de la calle, por si veía acercarse ese tan deseado coche gris-. No deberían retrasarse.

- Tranquila, ya verás como están en un atasco.

La chica miró a su amigo con una ceja arqueada, como si no le creyera. En el fondo quería creer lo que Alberto le decía, pero su naturaleza era tan catastrofista que no se lo permitía. Aunque positiva, tendía al catastrofismo. Y por eso mismo a veces se condenaba. Porque siempre se acababa preocupando por cosas por las que no debería preocuparse, como de un simple retraso.

Y entonces, de repente, por la curva de la calle apareció aquel coche que llevaba quince minutos esperando. Cuando aparcaron y el conductor salió por la puerta, ella se dirigió a él y se abrazó a su cuello.

Por fin... por fin después de tanto tiempo deseándolo, después de tantos kilómetros recorridos con la imaginación, ahora podía abrazarle de verdad. Eso no era un sueño. Los sueños se habían acabado durante tres largos días en los que estaría a su lado. Después volvería a soñar, pero siempre con la esperanza de que le volvería a ver. Pero, ¿qué más daba el futuro? Ahora estaba abrazada a él y le acababa de besar.

Y eso era lo único que importaba. ¿Los kilómetros? Eso ya eran lo de menos.



Shurha

lunes, 22 de junio de 2009

Calla y bésame de una vez, estúpido

Él había ido a la habitación, con paso decidido y las mejillas encendidas de rabia. Ella se había quedado apoyada en el frigorífico de la cocina, con los brazos cruzados ante el pecho. Habían compartido en ese momento algo más que palabras hirientes. A él todavía le dolía la mejilla del bofetón que ella le había dado en respuesta al suyo. Y el hecho de haberla pegado le dolía más que la marca de los dedos de ella.

A ella también le dolía el hecho de haberle pegado. Pero estaba tan rabiosa que no había podido parar a pensarlo ni siquiera un segundo. Palabras inapropiadas, un momento inadecuado y ya había discusión. No era la primera vez que levantaban la voz, que gritaban más de lo debido, o que discutían. Pero nunca había pasado de una sencilla discusión. Siempre habían parado a tiempo y habían sabido arreglarlo con calma y voz suave. Pero esa vez había sido distinto y ninguno de los dos sabía en qué se diferenciaba con las demás veces. Tal vez el tema, algo más delicado. Tal vez el momento, no el más apropiado para tocar ese tema tan delicado. Tal vez los recuerdos, ahora más recientes todavía.

El hecho era que los dos habían vuelto a acabar enfadados, quizá por una tontería, pero enfadados. Y más distanciados que otras veces. Pero más que las palabras, son los silencios los que hieren. Y que lo único que oyeran fuera una puerta cerrarse con un portazo fue lo que más hirió, quizá. No unos pasos. No unos llantos ahogados. Ni siquiera un perdón susurrado, sin intención de que el otro lo oyera.

Fue ella la que, quizá más débil o quizá más decidida, dirigió sus pasos hasta donde él había construido su refugio. Abrió la puerta y le miró a los ojos. En ellos vio la disculpa más sincera que jamás había recibido. El corazón empezó a latirle fuerte y comprendió que, por mucho que discutieran, por muchas riñas que tuvieran, estaba enamorada de él, de sus cosas buenas y sus cosas malas, de su predisposición a llevar la contraria y a discutir, pero también de sus sonrisas, sus besos, sus detalles y sus disculpas. Estaba perdida, irrevocable y locamente enamorada de ese hombre que estaba ante sus ojos pidiendo una disculpa en silencio.

Él la miró con ternura y vio que en su boca se dibujaba aquella sonrisa que le había enamorado una vez en un oscuro bar. Esa mujer le volvía completamente loco, toda ella. Incluso cuando estaba enfadada o discutía, le volvía loco. Era una droga de la que cada vez estaba más enganchado, hasta el punto que se había enamorado. Y le dolía hacerla daño, pero más le dolía pensar que no la volvería a ver. Con lo que cada vez que él era lo suficientemente cobarde como para no ir y pedir disculpas, su corazón se partía pensando en la posibilidad de que ella se cansara de ser siempre la que daba el primer paso.

De los labios de él empezó a salir una disculpa, pero los labios de ella fueron más rápidos y dijeron en un susurro:

- Calla y bésame de una vez.

Cayeron sobre la cama, enredados en un pasional beso en el que ella se prometió no volver a discutir y él se prometió no volver a hacerla rabiar.

domingo, 21 de junio de 2009

Los pantalones sobre la silla

Muchas veces me he preguntado qué es lo que siento cuando hago el amor con hombres que ni siquiera conozco. Y nunca he encontrado la respuesta que buscaba. Quizá si un amago de respuesta, un vago recuerdo de aquella primera vez -tan dulce y tan torpe- que todos queremos mantener fresca en nuestros recuerdos. Pero nunca, nunca, encontré una respuesta clara.

Quizá mi oficio no me ha permitido sentir más allá de la obligación en la que me encontraba al salir a la calle y poner mi cuerpo al servicio de los viandantes sedientos. Pero creo que fue cuando dejé de sentir esa casi placentera obligación, me planteé dejarlo. Y lo dejé, pues si no me gustaba y podía decidir, ¿para qué seguir? Me enfundé aquellos pantalones que tanto hacía que no me ponía, me abroché los botones de la camisa más de lo que solía y calcé zapatos bajos, para pasar desapercibida. Pero mi determinación al andar y mi soltura al mirar me volvieron a ganar una partida que yo no quería perder.

Volví a acabar en la cama con un hombre que no conocía de nada. Tan sólo unas miradas, unas sonrisas y una copa en la barra de un bar elegido al azar.

-¿Te llamabas...?

-Amber, ¿y tú?

-Max.

Encantados de conocernos, un par de paseos y acabamos enredados entre sábanas traicioneras y besos que acabé odiando. Pensé que sería como los demás, que se marcharía al amanecer dejando sobre la mesilla de noche algo de dinero, el que pensaba que me merecía por lo que había hecho. Pero cuando me levanté, él no estaba pero sus pantalones seguían mal colgados de la silla de al lado de la ventana. O se había ido en calzoncillos o seguía en mi casa.

Y si, seguía en mi casa. En la cocina, para ser más exactos. Y si, estaba en calzoncillos. Con una sartén en la mano se giró y me miró a los ojos. Enarbolando una sonrisa encantadora, me dijo:

-Es que me parece que quiero pasar una temporada contigo...

Al no estar acostumbrada, al ver a ese hombre que no conocía de nada decirme que quería ser parte de mi vida durante una temporada me emocioné. Al principio aquello fue tan sólo sexo y risas, copas a la luz de las velas sentados en el sofá, una simple amistad con derecho a roce. Con él olvidé mi anterior ocupación y me busqué algo más "decente" a los ojos del gobierno. Pero todo hubiera ido mejor si lo nuestro no hubiera pasado de una amistad como la que teníamos. Las cosas se complicaron el día en que me dijo que se había enamorado de mí. Y se complicaron más aún cuando yo me di cuenta que me pasaba lo mismo.

Y entonces, cuando por fin hice el amor con alguien que no era un simple desconocido, descubrí la respuesta a la pregunta que tantas veces me había formulado a mí misma.

"No sé qué sentiría, pero esto desde luego no"



Shurha

martes, 16 de junio de 2009

Pasos en la oscuridad

La joven corría por las calles oscuras y desiertas de la ciudad, sin dejar de mirar hacia atrás. Hacía tiempo que los había perdido de vista, pero sabía que sus hombres eran muy hábiles y la podían estar siguiendo en la oscuridad. Así que no dejó de correr, buscando un lugar seguro que, seguramente, no encontraría. Aquella ciudad era una ratonera y ella lo sabía perfectamente. Pero lo que tenía claro era que no iba a quedarse mirando cómo aquellos hombres uniformados la cogían y la interrogaban brutalmente. Aunque fuera prácticamente imposible, ella intentaría escapar. Pensaba que al menos tenía una mínima posibilidad.

Se internó en un callejón que conocía muy bien. Era parte de su barrio y del atajo que cogía antes para llegar a su casa. Ahora podía ser peligroso, pero tenía la esperanza de que ellos no lo tuvieran como una trampa para rebeldes. Llegaba por la mitad del callejón, confiando en su memoria (ya que no veía nada, aunque el callejón gozaba de algo de luz procedente de una farola de una calle cercana)cuando se chocó con un obstáculo que, juraba, el día anterior no estaba ahí. Retrocedió, aturdida, e intentó ver qué era con lo que se había chocado. La figura salió de la oscuridad y, antes de enseñar la cara, la joven pudo ver un uniforme de soldado que temía y conocía muy bien.

Intentó escapar, pero unos fuertes brazos la agarraron antes. Pensó que estaba atrapada, que ese era su final. Todo lo que había hecho, todo lo que había huido y luchado no había servido para nada. Bueno, no. Para algo habría servido. Entonces escuchó una voz conocida, una voz que le había susurrado al oído para que nadie, salvo ella, escuchara lo que tenía que decirle.

- Espera, Karen, espera -los ojos de la joven casi se salen de sus órbitas cuando escuchó la voz susurrar esa súplica. Se giró como pudo y miró a esos ojos que tanto había mirado en la clandestinidad. Delante de ella estaba Robert, un oficial del ejército enemigo, pero él no era ni mucho menos eso. Ni siquiera sabía cómo, se le había encontrado una vez en un pub. Habían estado hablando y algo había surgido entre ellos. Ninguno de los dos sabía en un principio quién era el otro ni les importaba; para lo que querían, eso era lo de menos. Pero la cosa se les fue yendo de las manos y llegaron hasta una situación en la que los dos habían caído profundamente enamorados del otro. Fue entonces cuando ella descubrió que él era un alto cargo del ejército y él descubrió que ella era un importante pilar de la resistencia. Pero a ninguno de los dos les importó y decidieron seguir con lo que fuera que tenían en secreto.

- Robert, me has dado un susto de muerte -dijo Karen, abrazando al oficial.

- Lo siento, mi pequeña, pero he venido a advertirte.

Karen se separó de Robert. Le miró preocupada. ¿Advertirla? ¿De qué quería advertirla? No habló. Esperó a que el oficial dijera por sí mismo aquello que tenía que decirla. Ella esperaría pacientemente y después actuaría; estaba acostumbrada.

- Mis superiores sospechan de mí... y sospechan de ti. Si fuera únicamente de mí sólo te lo diría y te diría que no te preocuparas demasiado, que ya me encargaría yo de solucionar las cosas. Pero en esto también estás implicada tú y eso es lo que no quiero. He intentando hacer que todo se dejara un poco de lado con mi influencia, pero no he podido. Están convencidos de que hay algo que no conocen y eso les molesta.

- ¿Y qué quieres que haga? -dijo Karen, creyendo que era el mejor momento para intervenir.

- Sal del país, ve a un lugar en el que estés segura y espera. Yo iré contigo cuando todo se haya calmado y nos marcharemos lejos, muy lejos, los dos juntos.

Confiaba en él plenamente, pero ¿cómo saber que no mentía? ¿Cómo saber que a la salida del país no iban a estar esperándola unos soldados con instrucciones expresas de cogerla? ¿Cómo saber que Robert no la estaba conduciendo a una trama premeditada? Y, además ¿cómo podría saber él dónde se refugiaría Karen?

- Quiero confiar en ti, pero estos últimos años he aprendido en no confiar en nadie.

- Haces bien en no confiar en mí. Haces bien en no confiar en nadie. Pero creo que, en estos casos, puedes confiar en que quiero lo mejor para ti y, también, para mí.

Karen se quedó en silencio. Seguramente Robert tenía razón. Debería salir del país cuanto antes y refugiarse en algún lugar seguro. El hecho de esperarle o no, eso lo diría el tiempo; si pasaba mucho tiempo y se cansaba, decidiría no esperarle. Suspiró profundamente y le miró a los ojos de nuevo, sabiendo que aquella podía ser la última vez que vería aquellos profundos pozos negros.

- Prométeme que vendrás a por mí. Prométemelo y entonces me marcharé del país, por nuestra seguridad y nuestro futuro. Por mucho que me duela dejarte atrás.

- Te lo prometo -Robert se inclinó hacia ella y le dejó un beso en la comisura de la boca-. Ahora vete, corre hacia un lugar seguro. Márchate cuanto antes, Karen. Y espérame allá dónde estés.

Karen le volvió a mirar a los ojos y después hecho a correr por el callejón hacia su refugio provisional. No miró atrás. No quería mirar hacia el lugar donde se hallaba Robert, porque sabía que si lo hacía no tendría fuerzas para seguir adelante; la certeza de que le estaba abandonando sería más fuerte si le veía esperando a que ella desapareciera por entre las sombras y las callejuelas. Además, tampoco quería que Robert viera el reflejo de las lágrimas que corrían, más rápidas que ella, por sus rosadas mejillas.



Shurha